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El Bosco, la luz y la mística sufí

En Incrédulo asombro, Navid Kermani, uno de los escritores más destacados del panorama contemporáneo de las letras alemanas, lleva a cabo, en su condición de musulmán, una lectura personal del arte cristiano, desvelando aspectos del cristianismo inéditos para la mirada del creyente convencional. Seleccionamos aquí unos fragmentos de este particular recorrido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo más tentador de las vistas abiertas al más allá que Jerónimo el Bosco ha dispuesto juntas es la luz, aun siendo la luz de los infiernos. Con ello me refiero a la izquierda de las cuatro tablas, no al rojo crepuscular del paisaje de nubes en el que duendes o demonios de tamaño infantil extienden las manos para agarrar cuerpos esbeltos de personas desnudas; a una ya la han agarrado de las caderas y le han inclinado el torso hacia abajo. El rojo, claro, es del fuego al que se arroja a los condenados. Creo que la bestia quiere devorar al hombre, o por lo menos darle un mordisco en el culo, que seguro no por casualidad está girado a la luz; la cara de la bestia, una sola boca abierta como un culo de grande en la que no hay más que incisivos. Muy vegetarianas no parecen ser las bestias de la tabla izquierda; sus bocas, aun con los labios apretados, tan anchas que casi llegan hasta las orejas. Y luego los brazos, insectilmente estirados a lo largo, y los pelos, que como antenas de insectos nacen directamente junto a las bocas, grandes como cuernos y gruesos como cuernos, de forma que las cerdas también podrían pinchar o atravesar. Los humanos no se les escapan solo porque en su ingravidez no puedan poner los pies o impulsarse con nada; como polen de flores despedido de un soplo, desorientados, flotan suspendidos en el aire, en las nubes, para ser más exactos, en las que no hay un arriba ni un abajo. Pues a diferencia de lo que dice el título, el Bosco no muestra precisamente una «Caída de los condenados», sino su ingravidez, no, no como polen de flores, sino más bien como arrojados de un avión en pleno vuelo, sin que se les conceda la clemencia de un accidente aéreo.   

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En la mayoría de las tradiciones, también en las tradiciones estéticas, el más allá comienza donde acaban las sombras. Baste pensar en el marco de oro que en los mosaicos bizantinos ilumina los cuadros desde dentro, porque las teselas de las que se componen están provistas de una hoja de oro batido. Baste pensar en el fuego como aquello en lo que en un primer momento el solo, único Dios se representó simbólicamente. Baste pensar en el Apocalipsis de Pedro, en Jesús como ser de luz radiante, que «es alegre y ríe allí arriba en la cruz», en el bautizo literalmente como una «iluminación» y en la metaforología de los evangelios gnósticos que en 1945 se encontraron en Nag Hammadi. «Si [el discípulo] llega a ser igual, se llenará de luz», dice Jesús en el Evangelio de Tomás: «Pero si llega a estar dividido, se llenará de tiniebla». Baste pensar en que la ceremonia de la cristiandad presumiblemente más antigua, oficiada sin cambios, es la renovación del milagro de la Luz en la iglesia del Santo Sepulcro. Lumen de Lumine, dice el Credo niceno-constantinopolitano, que allí se canta en gregoriano: «Luz de Luz». Baste pensar en la teología de la luz de Empédocles, que antes de a Goethe ya había servido de inspiración a la mística islámica. Para todos ellos, la luz y las sombras, y con ellos también el cielo y el infierno, no pertenecen a ningún mundo del más allá, sino que, como dice el Evangelio de Tomás, son parte misma del ser humano. Contradiría la Misericordia de Dios si este arrojase a los pecadores a las tinieblas eternas, dicen los sufíes, y enseñan que la oscuridad no es otra cosa que el velo —velo que tiene que descubrirse, velo descubridor y velo que, gracias a la misericordia divina, acaba por ser descubierto incluso a los pecadores en el más allá— de su propia naturaleza de criatura. 

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Najmeddin Kobra entiende la relación entre Dios y el ser humano expresamente no como la de un padre y su hijo, creador y criatura. La entiende como una relación de amante y amado, en la cual, atención, los dos son los creadores, por lo que no solo el ser humano es creado por Dios, sino que, al revés, Dios agradece su existencia al ser humano. Henry Corbin, a quien agradezco esta breve introspección en la mística luminosa de Kobra, sustituye en este punto el concepto de la hijidad del ser humano por el de «mujeridad» en tanto creadora de por sí, madre, la que alumbra a su propio padre —en la experiencia de Dios se deshacen las clasificaciones por sexos y la gramática persa no sabe de géneros—. «Hay luces que ascienden y hay luces que descienden. Las luces ascendentes son las del corazón, las que descienden son las del trono. El ser creador es el velo entre el corazón y el trono. Cuando este velo se rasga y en el corazón se abre una puerta al trono, lo igual suspira por lo igual. La luz asciende hacia la luz, y es ‘Luz sobre Luz’». 

¿Y el pozo por el que, en el cuadro del Bosco, las almas ascienden hacia la Luz? «El corazón es una luz de las profundidades del pozo de la naturaleza, como la luz de José es la luz del pozo al que fue arrojado». En la traducción se pierde que, en árabe, «corazón» (qalb) y «pozo» (qalîb) pro¬ceden de la misma raíz, q-l-b, esto es, el corazón, ya desde una perspectiva léxica, se asocia a la profundidad de un pozo desde el que asciende como en la tabla de la derecha. «Al final de la ascensión verás el pozo por debajo de ti», continúa Kobra: «A partir de aquí, todo el pozo se transforma en un pozo de luz o de color verde. Tinieblas al comienzo, porque en ellas estaba la morada de los demonios, ahora el pozo brilla con luz verde porque se ha transformado en el lugar al que descienden los ángeles y la misericordia divina». 

¿Y los ángeles que pinta el Bosco? Najmeddin Kobra también habla de las apariciones de ángeles que le fueron regaladas, la ascensión desde el pozo auspiciada por los cuatro ángeles que le rodean —no dos, como en el cuadro del Bosco—, el descenso de la paz divina, coránica sakîna, o rabínica shejiná, un grupo de ángeles descendiendo a su corazón, o la visión de un solo ángel que lo eleva de la misma manera que elevó al Profeta. Con toda seguridad, Kobra no los ha pensado semejantes a los seres humanos, ni con plumas —pues qué otra cosa iban a ser si no los demonios de uno mismo— ni con alas dentadas; más bien se trata, al modo platónico, de que a cada acto, a cada sentimiento, a cada suceso le corresponde una entidad espiritual, esto es, un «ángel» que se manifiesta en su propia luz; yo mismo me lo imagino porque el ser humano, en un estado de vigilia e incluso en sueños, se imagina algo como centellas, centellas que brotan de un fuego, o centellas similares a la luz de las estrellas.

[...]

 

Desde siempre, la humanidad se ha orientado por un único punto que, a su mundo, a su paisaje, le asignaba un arriba y con ello también un abajo. Antes de que existiera la técnica moderna, no le habría sido posible viajar al hemisferio norte sin guiarse verticalmente por la Estrella Polar. Henry Corbin, quien no solo tenía amistad con los sufíes, sino también con Mircea Eliade, con Gershom Scholem y con otros estudiosos occidentales del alma del siglo XX, llega tan lejos que identifica la pérdida de la dimensión metafísica por parte de la civilización moderna con la pérdida del norte. Así como la brújula seguía ligando de forma real el sentido de la orientación a la materia, la Estrella Polar, y con ella los conceptos de arriba y abajo, no desempeña ya casi ningún papel en la vida cotidiana actual. Por último, el ser humano, con el navegador, ya no necesita dirigir la mirada al cielo para orientarse, aunque cuidado con que el navegador no funcione. Perder el norte significa no ser capaz de distinguir cielo e infierno, ángeles y demonios, luz y sombras, inconsciencia de supraconciencia, escribe Corbin, quien me explicó a Najmeddin Kobra; es la presencia en la sola dimensión horizontal, incapaz de reconocer las formas que ascienden. «Y en cuanto toda la creación desaparezca, los hombres del Este huirán hacia el Oeste y al Este los hombres del Oeste; y los que habitan en el Sur huirán al Norte y los del Norte al Sur», advierte Jesús en el Apocalipsis de Pedro: «y por todas partes les alcanzará la cólera de un fuego terrible». Por tanto, la condenación de la tabla de la izquierda consistiría en que los condenados no se dan cuenta de que están cayendo, esto es, no saben de ningún arriba ni abajo. Tampoco yo mismo me había dado cuenta a primera vista.

 

(Del capítulo «Luz», en Incrédulo asombro, pp. 204-213)

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