Repensando la identidad de judíos, cristianos y musulmanes

editorial trotta - 24 de mayo de 2013

Daniel BoyarinLas provocadoras investigaciones de Daniel Boyarin sobre la formación del judaísmo y el cristianismo en la Antigüedad tardía son hoy una referencia obligada en los medios académicos internacionales, donde han suscitado una estimulante discusión a la que los lectores españoles pueden ahora asomarse tras la reciente publicación de Espacios fronterizos. En la siguiente conversación con Carlos A. Segovia, traductor de la obra, Boyarin reflexiona sobre la intención que preside su libro, su objeto de estudio y sus implicaciones.

Carlos A. Segovia: En Espacios fronterizos. Judaísmo y cristianismo en la Antigüedad tardía, sugieres que la frontera entre el cristianismo y el judaísmo fue inicialmente mucho menos precisa de lo que acostumbramos a pensar. ¿Había hasta el siglo V diferentes maneras de considerarse «judío»?

Daniel Boyarin: Hasta donde yo sé, nadie necesitaba realmente declararse judío. Bastaba con formar parte del pueblo judío. Habitualmente, esto significaba haber nacido de padres judíos; o bien que uno de los padres lo era: supongo que generalmente el padre; salvo en los círculos rabínicos, donde, como es sabido, se estableció el principio opuesto. En cuanto a ser cristiano, se trataba de una elección personal. Con la invención de las nociones de ortodoxia y herejía, se suscitaron numerosas luchas para mostrar que algunos de quienes se declaraban cristianos no lo eran, pero hasta que no se creó un poder estatal capaz de articular con precisión tales límites esas diferencias fueron muy poco relevantes. No había, en principio, ninguna razón por la que uno no pudiera verse a sí mismo como ambas cosas —como judío y como cristiano—, puesto que se trataba de categorías diferentes.

CAS: ¿Cuándo tuvo lugar la «ruptura» entre el cristianismo y el judaísmo? ¿Cuáles fueron sus factores determinantes? ¿Por qué se produjo?

DB: En rigor, no hubo tal ruptura. La noción de «judaísmo», entendida como «la religión de los judíos», es una invención cristiana: la inventaron ciertos cristianos de la Antigüedad que querían dotar al «cristianismo», en tanto que religión igualmente inventada por ellos, de la figura de un «otro». De hecho, y hasta la Época Moderna, los judíos casi nunca han empleado el término «judaísmo» con el significado que hoy solemos darle.

CAS: Muchos estudiosos del judaísmo del periodo del Segundo Templo y de los orígenes cristianos y rabínicos parecen continuar trabajando, sin embargo, con las categorías dictadas por los vencedores, para parafrasear a Walter Benjamin. ¿Cómo podemos escapar del ámbito de sentido que ellas acotan?

DB: Lo único que hay que hacer es pensar de manera diferente, proponer nuevas ideas y sugerir nuevos enfoques al estudiar los datos que tenemos a nuestro alcance.

CAS: ¿Reflejan tus investigaciones históricas sobre los complejos mecanismos que llevaron a la formación de las identidades religiosas en la Antigüedad tardía un interés, que podríamos calificar de contemporáneo o filosófico, por la noción de «identidades transversales»?

DB: No, no lo hacen; pero es obvio que los estudios culturales contemporáneos han propiciado nuevas formas de analizar los datos con los cuales trabajamos. Hay determinadas puertas que se abren y otras que se cierran para cada generación en función del sistema cultural propio de cada una. Hay cosas que hasta ahora se veían de una manera en que ya no podemos verlas, y otras que no eran perceptibles pero que hoy, en cambio, nos resultan claras.

CAS: Permíteme, por último, mencionar una cuestión política de actualidad a la que tú mismo aludes en las páginas iniciales de tu libro. En el Prefacio escribes que aunque desde un punto de vista histórico, tu libro versa sobre los judíos y los cristianos en la Antigüedad tardía, su sentido moral reside en el cuestionamiento de las terribles y fáciles alianzas de hoy en día entre la mayoría de los judíos y muchos cristianos contra los musulmanes. ¿Puedes ampliar un poco esta idea?

DB: Cuando comencé a presentar en público las primicias del trabajo recogido en mi libro, tuve una experiencia sumamente desagradable y desconcertante. En repetidas ocasiones, algunos de los oyentes cristianos que asistían a mis charlas —y debo decir que entre ellos se contaban destacados estudiosos— se me acercaban después y me comentaban que mi trabajo era muy importante porque, hoy en día, los judíos y los cristianos deben hacer causa común contra los musulmanes. Estos comentarios tan faltos de ética me produjeron tal malestar que, durante algún tiempo, pensé en no seguir escribiendo el libro. A decir verdad, solo pude completarlo al darme cuenta de que mi trabajo podía considerarse, más bien, como un intento de elaborar un nuevo enfoque histórico capaz de alentar esfuerzos análogos al tratar de comprender las relaciones entre judíos, cristianos y musulmanes.

CAS: Muchas gracias por haber compartido con nosotros tus apreciaciones sobre estos temas, Daniel. Estoy seguro de que esta breve conversación ayudará a los lectores del libro a entender mejor las premisas teóricas del trabajo que has vertido en él y sus implicaciones prácticas. Y que servirá también para que el público de lengua española se familiarice un poco más con las nuevas perspectivas académicas que están hoy ensayándose en este fascinante campo de estudio.

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