Artículos de la categoría ‘Antropología’

De la escisión a la inocencia

ricardo sanmartín - 8 de noviembre de 2011

Vivimos en el seno de una época cuyo estilo vital no podríamos entender sin escuchar las canciones que nos acompañan o sin contemplar la figura del hombre que nos dibuja el cine contemporáneo. Se trata de dos tipos de arte que, quizá hoy más que nunca, nos envuelven creando un fondo ambiental imprescindible para percibir la cultura de nuestro tiempo. Sus creaciones no pretenden simplemente distraernos. Hay en el canto una voz humana que va más allá de la literalidad del poema, que sigue el hilo del dolor hasta encontrar el bien vivo aun en su fondo, y cuyo gozoso hallazgo canta. Al contemplar el bien que encarna el valor, nace la energía que acoge el creador con sus notas y palabras, y que nos entrega con el testimonio de su interpretación en directo en el concierto. Bob Dylan, Valderrama, Raimon, Serrat, los Beatles, John Lennon, entre tantos otros, prueban la calidad humana de ese trayecto que ofrece a quien lo goza una vivencia de libertad.

De un modo similar, con su propio lenguaje, la inmensa variedad de producciones cinematográficas nos ofrece un singular espejo con el que retrata perfiles y facetas del alma rota del hombre moderno. Nos adentramos en el imaginario cultural al percibir un fondo común de preguntas entre Jekyll, Hyde, Hulk, Peter Pan y Ed Bloom. También aquí, la escisión del sujeto, el dolor de su perdimiento y la crisis de la paternidad las analiza el cine, desde el guión a la imagen, hasta ofrecernos una historia inacabada, llena de preguntas vitales con las que el espectador ahonda en las raíces de su desasosiego y de su borrosa identidad. Pero ¿por qué acude el cine al límite de la comunicación sexual con tanta frecuencia? Ang Lee, Julio Medem, Matías Bize, B. Bertolucci, o Stanley Kubrick investigan cómo a cada sujeto se le desvela su verdad existencial en el del encuentro. La identidad intraducible del sujeto, desnuda de referencias, nos muestra la valoración cultural de la unicidad de la persona. El drama inevitable de toda historia da pie a  tramas en las que la huida de los personajes tensa lo posible y la libertad. De esa tensión extrae el sujeto moderno  gran parte de la energía con la que fragua su identidad. También la libertad, como hilo conductor, entreteje la obra de Buñuel, desde la pobreza, en su personal visión de Las Hurdes, hasta su mágica crítica de la abundancia en la burguesía mejicana y europea.

De manera similar a los primeros ensayos en Antropología del arte, que, bajo el título de Meninas, espejos e hilanderas, presentamos en esta misma editorial, en este segundo volumen, Libertad, sensualidad e inocencia, la etnografía de campo, fruto de la observación y las entrevistas, estudia los valores que nos ofrece el arte contemporáneo. Al ver las obras y hablar con sus creadores, intentamos escuchar el efecto coral de la gran suma heterogénea que tantas voces y miradas componen. Así comprendemos mejor el imaginario cultural de un tiempo en marcha.  Descubrimos entonces la investigación primordial que desarrolla todo artista creador atento al skyline que caracteriza el horizonte de su época, una época que parece haber perdido toda inocencia y que, sin embargo, se nos desvela viva aún en el corazón del mejor arte de nuestro tiempo. La inocencia, como verdad y tierra firme, como patrimonio humano, se convierte en el punto de partida de toda creación.

El lugar que ocupa la economía en la sociedad

paz moreno - 28 de septiembre de 2011

El pasado mes de agosto asistimos al estallido en distintas ciudades inglesas de unos disturbios, cuya virulencia e intensidad nos desveló, como un fogonazo, las fricciones sociales que presentimos tras esos gráficos aserrados que traducen los avatares financieros a una especie de mapa de isobaras de los mercados y que vemos todos los días en las noticias como decorado gráfico de los ascensos y descensos de las bolsas.

Por poco tiempo el desconcierto que siguió a las reacciones desencadenadas por una muerte inexplicada, pero interpretada como un abuso policial, llevó a muchos periodistas británicos más que a una comparación con otras situaciones ya vividas (o ya retransmitidas; como, por ejemplo, los disturbios en Brixton del año 1981, la conducta de los seguidores de los equipos de fútbol o los incendios de coches y saqueos de las banlieues francesas en 2005) a representarse su propia sociedad como si fuese una cultura exótica, lejana y peligrosa en la que una turba de encapuchados saqueaba, blackberry en mano, productos cotidianos como ropa, cigarrillos, bolsas de comida, licores, calzado deportivo o televisores que estaban a la venta no en los comercios de lujo de las calles céntricas, sino en las tiendas o cadenas locales de los propios barrios en que vivían los saqueadores.

Tras el estupor inicial, los primeros análisis se dividieron en dos bandos. Uno se hacía eco de las reticencias ante el capitalismo que pueblan las distintas tradiciones sociológicas, tales como las críticas a la ideología individualista, la anomia de los durkheimianos, la estructura de clases, el racismo y otras formas de exclusión, o la des-estructura cultural que ciertas familias e instituciones escolares precarias transmiten a los jóvenes. En contraste, el otro bando, más que explicaciones, buscaba la condena de unas masas juveniles que, según nos decían, al carecer de valores morales solo se interesaban por el consumo y la diversión.

Muy pronto desapareció la mirada exótica inicial y la condena moral se disolvió cuando la denunciada ausencia de valores de los jóvenes y consumistas saqueadores se constató también en banqueros y financieros, principales responsables del contexto económico en que se dieron los disturbios.

De este modo, durante unas semanas del verano, en lugar de hablar de las subidas y bajadas de la bolsa y de unos mercados cada vez más metafísicos y caprichosos, diversos analistas han vuelto a pensar sobre el lugar que ocupa la economía en la sociedad y sobre cuáles son sus relaciones con la política o con la moral, como si K. Polanyi, M. Mauss o E. P.Thompson aterrizasen en el debate actual para recordarnos a todos cómo la economía está imbricada en el resto de las instituciones sociales o cómo las protestas sociales, por difusas y extrañas que sean, nos remiten a ciertas nociones de justicia que ya en la Inglaterra del XVIII encontramos en la resistencia contra los primeros avances de un nuevo sistema —el capitalista— que destruía el viejo tejido social en que se basaba la llamada economía moral.

Curiosamente este es el punto de partida de los problemas que abordamos en El bosque de las Gracias y sus pasatiempos. Raíces de la antropología económica.

Gran parte de los estudios de antropología económica pueden entenderse como un viaje de regreso a nuestra sociedad después de haber analizado el lugar que ocupa —o no ocupa— la economía en sociedades donde los dones, las gracias, la caridad, la reciprocidad o la redistribución coexisten con otras formas de entender la producción, el comercio, los lugares de mercado o el dinero. Tal comparación pretende poner de manifiesto no solo en qué consistió la excepcionalidad del capitalismo frente a otras formas de organización social, sino también comprender la diversidad de procesos históricos e ideológicos que han extendido las distintas variedades del capitalismo por todo el planeta.

Este largo viaje que proponemos hace escala en diversas viñetas etnográficas e históricas que nos llevan a conocer el dinero amargo de los Luo, el papel de la caridad frente a la usura en la configuración ideológica de la Europa medieval, la propiedad personal entre los mongoles, los primeros pasos del consumo, la antibiografía de Eliza Kendal, la organización de los mercados en la antigua Grecia, los intercambios en las islas Trobriand, las donaciones de los hermanos García Naveira, los caprichos de El Tío en las minas de estaño bolivianas o la posesión por espíritus de las obreras indonesias que trabajan en las fábricas que las multinacionales tienen en las Zonas de Libre Comercio.