Artículos de la categoría ‘Ciencias de las Religiones’

Hacia un cristianismo globalizado

mariano delgado - 23 de abril de 2012

Cristianos y especias

El proceso de globalización del cristianismo comenzó hace unos quinientos años, cuando los europeos, con los españoles y portugueses en papel de pioneros, «descubrieron» un Nuevo Mundo llevados por un afán a la vez misionero y comercial. Cuando el 20 de mayo de 1498 Vasco da Gama desembarcó en Calecute, un mercader árabe le preguntó qué demonios buscaban allí los cristianos europeos; a lo que el capitán portugués respondió:«Cristianos y especias». En efecto, encontrar una ruta no controlada por los musulmanes para el comercio con las Indias, y entablar una alianza con el legendario Preste Juan, que según las informaciones de la época comandaba un reino cristiano a la espalda de los hijos de Alá, eran el doble motivo para emprender los viajes de descubrimiento.

Cristóbal Colón no llegó a las Indias auténticas, pero intentó vender el descubrimiento de «sus» Indias en 1492 con arreglo a las expectativas de las personas que habían financiado su empresa. En su primer informe nos habla de tierras en donde manan leche y miel, llenas de oro y especias así como de gentes inocentes e indefensas, que apenas ofrecen resistencia y que además no parecen tener ni religión, es decir, que podrían ser sometidas y evangelizadas con facilidad. Un buen anzuelo para poder financiar su segundo viaje.

La maquinaria colonial

Con ayuda de las bulas papales que concedieron el dominio del mundo descubierto y por descubrir a los reyes de España y Portugal, obligándoles también «por mandato de santa obediencia» a enviar «varones probos y temerosos de Dios, doctos, peritos y expertos» para evangelizar a los nuevos pueblos e inculcarles «buenas costumbres», la maquinaria colonial y misionera se puso, pues, en marcha. Los europeos descubrieron, conquistaron y «cristianizaron» el Nuevo Mundo, transportando allende los mares lo mejor y lo peor de si mismos, mostrando el rostro de Jano que tiene Europa: justificando la unión entre misión y colonialismo, pero también cuestionándola y haciéndose las preguntas claves, que se encuentran en el sermón de Antonio Montesino del 21 de diciembre de 1511 en Santo Domingo: «¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?[...] ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?».

La teología no estaba preparada para el encuentro con otras religiones

En la era de los descubrimientos, la Iglesia no había proclamado aún con claridad el paradigma inclusivo que encontramos en textos del concilio Vatiano II como Lumen gentium 16 o Gaudium et spes 22, ni había dicho con Nostra aetate 2 que «no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero». Por el contrario, los misioneros llevaban en su bagage el exclusivismo eclesial, dogmatizado en 1442 por el concilio de Florencia y en 1547 por el concilio de Trento, según el cual la pertenencia a la Iglesia por el bautismo explícito era imprescindble para la salvación y las otras religiones son a lo sumo una «imitación diabólica» de la verdadera religión. También los protestantes tenían en su cabeza el axioma luterano de que fuera de Cristo «todas las religiones son idolatría». Hasta bien entrado el siglo XX la actividad misionera de la Iglesia ha dejado mucho que desear en el encuentro con otras religiones. Según el principio agustiniano de las dos fases de la Iglesia, se han extirpado los signos de otras religiones por la fuerza allí donde la persuasión no bastaba y las potencias coloniales cristianas cubrían las espaldas de los misioneros. La historia de la misión no consiste solo en el heroismo de estos, dispuestos a dejar su tierra, ir allende los mares, aprender otras lenguas y vivir con otros pueblos por amor a Cristo, sino también en el dolor causado por una evangelizacion colonial a veces agresiva, sin el debido respeto a los valores de otras religiones y culturas. Y sin embargo, no han faltado en todas las confesiones misioneros al estilo de Bartolomé de Las Casas que han seguido el camino de una evangelización pacífica y respetuosa de dichos valores, predicando el evangelio como un mensaje de libertad y una fuerza de liberación.

Cambio de perspectiva

Mientras que en el cuarto centenario del descubrimiento de América (1892) o con motivo de la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo (1910) los europeos, ya fueran católicos o protestantes, defendían todavía el espíritu misionero y el eurocentrismo del siglo XVI, en los últimos decenios se nota un cambio de perspectiva. Hemos aprendido a ver los hechos también desde la perspectiva del otro; hemos desarrollado una teología de la misión y de las religiones más acorde con los principios de diálogo y respeto; hemos dedicado una especial atención a la recepción y transformación de los cristianismos europeos por los mismos evangelizados así como a las relaciones transcontinentales entre los cristianismos del hemisferio sur.

Hoy somos más conscientes de que el cristianismo es una religión globalizada y de que debemos prestar a este fenómeno la atención académica adecuada. En un mundo global no podemos seguir estudiando la historia de la Iglesia desde una perspectiva eurocentrista o meramente confesional. Tenemos que dedicar especial atención a temas que serán de vital importancia en el siglo XXI: la inculturación del cristianismo en Asia, África y América Latina, el desarrollo de un espíritu ecuménico, la relación de los cristianos con otras religiones, la convivencia en sociedades plurirreligiosas, la construcción de un mundo más justo y solidario. Estos son los temas elegidos como hilo conductor en el libro Historia del cristianismo en sus fuentes. Asia, Africa, América Latina (1450-1990), que acaba de aparecer en Editorial Trotta.

La reinterpretación de la eternidad

antonio piñero - 22 de febrero de 2011

Hace unas semanas podíamos desayunar con un reportaje, publicado en El País por Juan G. Bedoya, donde bajo el título de «Reforma de la eternidad» podíamos leer que el papa Benedicto XVI había proclamado públicamente que el purgatorio no es un lugar físico, sino un estado: una suerte de fuego interior, purificatorio, por el que el alma del fallecido ha de sufrir durante un cierto tiempo, de modo que sirva de sanación de sus faltas no mortales antes de que su alma ingrese en el estado beatífico, que es el cielo.

La noticia no era extraña, porque ya sabíamos por la prensa que el anterior sumo pontífice, Juan Pablo II, había manifestado que el infierno tampoco es un lugar, sino un estado, aquel en el que el pecador no arrepentido se sitúa lejos de Dios. Esta situación lo atormenta y desgarra anímicamente (¿por toda la eternidad?; está aún por ver), de modo que es un justo castigo por sus faltas cometidas en vida. Sabíamos también ya —por sorprendentes declaraciones eclesiásticas para algunos— que el cielo tampoco es un espacio físico, situado más allá del mundo supralunar, en el empíreo, sino otro estado del alma, esta vez de felicidad espiritual, causado al sentirse ésta por siempre «con el Señor», como proclamaba Pablo en 1 Tesalonicenses (4, 17).

Estas noticias suponen que creencias dogmáticas, hasta ahora consideradas inamovibles, refrendadas incluso por palabras de Jesús en el caso del infierno como lugar físico, son interpretadas de un modo más suave, rozando lo simbólico, por las altas esferas de la fe. Sin duda, una manera más en consonancia con la mentalidad de hoy, poco propensa a creer en mitos.

A mi entender, este tipo de evolución que reinterpreta y «dulcifica» lo hasta el momento afirmado como «verdad histórica» no se produce por un mero gusto de acomodación a la mentalidad del siglo XXI, sino por mera necesidad. No por placer, sino por obligación. Un observador atento, que repase la historia de la Iglesia desde finales del siglo XIX hasta hoy, caerá en la cuenta de que la teología oficial, u oficialista, ha ido siempre a remolque de los descubrimientos de la ciencia de los textos y de su interpretación, de los avances en los análisis literarios, de las deducciones comparativas de la Historia de las Religiones, y de lo que la historia antigua ha ido imponiendo como verdad evidente.

Que se trata de una cesión a rastras, velis nolis (quieras o no quieras) de la Iglesia se ve, por ejemplo, en la crítica al método de análisis denominado Historia de las formas, inaugurada por Martin Dibelius y Rudolf Bultmann tras los pasos de K. L. Schmidt. La oposición a este método de análisis de los Evangelios fue feroz en el seno de la Iglesia católica durante todo el siglo XX… pero hoy día no hay estudio de los escritos evangélicos, sobre todo de los Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), que —desde el campo católico— no parta de las bases de ese método, que no acepte sus resultados globales y que no sitúe en el frontispicio de sus análisis los principios radicales de un modo de trabajo tan denostado. La evidencia obliga.

Por ello es común hoy día poner en duda, con mayor o menor claridad, la historicidad de muchas historias de Jesús —o incluso de sus palabras— que antes se creían a pies juntillas. Autores tan «eclesiásticos» como José A. Pagola o Armand Puig, en sus «biografías» o «vidas» modernas de Jesús, afirman que parte del material que manejan es un producto de la imaginación creativa de la Iglesia y que no pueden ya exponerlo a sus lectores tal como se hacía, por ejemplo, hace veinte años.

La aceptación del influjo en el nacimiento de la teología cristiana de la religión griega de época helenística, o de la mentalidad del platonismo vulgarizado, expandido por todo el ámbito del Imperio romano, o la influencia del estoicismo en la plasmación de la ética cristiana —que no es en modo alguno original— parece hoy moneda corriente en el catolicismo ilustrado.

Lo mismo puede decirse de la ciencia que edita los manuscritos antiguos. Hoy se admite por parte de todos los teólogos que gozan del beneplácito eclesiástico que nuestro Nuevo Testamento presenta un texto que no es en absoluto el que escribieron los autores de las diversas obras, sino el resultado de una transmisión, de esos primeros escritos, no siempre absolutamente fidedigna, sino llena de altibajos y correcciones, incluso manipulaciones, que se retrotrae hacia finales del siglo II. No poseemos un texto del Nuevo Testamento que sea coetáneo a  Marcos, por ejemplo ¡ni mucho menos! Y todo el mundo lo acepta.

La publicación por Trotta de la obra de Roger Haight, Jesús, símbolo de Dios (2007) —, que es un tratado de cristología, es decir, de cómo se entiende la naturaleza de Jesús como «cristo» o mesías, y cómo debe comprenderse su estado de «divinidad», de «estar junto a Dios»— es un ejemplo extraordinario de lo que comentamos.

La tesis general de Haight es que hoy día debe entenderse todo el complejo entramado de los «primeros principios» de la fe y las bases de nuestra comprensión de la naturaleza divina de Jesús de un modo absolutamente simbólico. El dogma de la Trinidad, la encarnación, la resurrección de Jesús no son «hechos reales», no son verdades dogmáticas que deben entenderse al pie de la letra, como se han creído y explicado hasta ahora, sino que son un mero símbolo. En realidad ni siquiera sabemos cómo son.

Naturalmente, la obra de Haight fue inmediatamente condenada por el Vaticano, cuando Ratzinger era aún cardenal y presidía la «Sagrada Congregación para la fe», o como sea el nombre exacto. Pero no me cabe duda de que —lo mismo que ha ocurrido con los ámbitos de fe que hemos recordado desde el inicio de estas líneas— la redefinición, o reinterpretación, o si alguien quiere llamarlo como antes indiqué, la dulcificación de los dogmas hacia una interpretación meramente simbólica es un fenómeno imparable cuya realidad será plena en poco tiempo. El edificio dogmático, aparentemente inamovible, se entenderá de un modo radicalmente distinto.

Hablemos de dragones

miguel rivera dorado - 25 de enero de 2011

Vivimos en un mundo que se hace más pequeño a cada instante. La llamada “globalización” se traduce, para el ciudadano corriente, en que las figuritas del Belén navideño que pone en su casa de Madrid, o de Albacete, o de La Coruña, se han manufacturado en China, y que el libro que lee, de una editorial norteamericana, se ha ilustrado en Italia, maquetado en Canadá e impreso en Singapur. Leyendo las etiquetas de una famosa tienda de ropa juvenil me lleno de asombro, porque cada prenda ha sido cosida en Turquía, en Marruecos, en Vietnam o en lugares todavía más exóticos. Con mi móvil, que es poco mayor que una caja de cerillas, hablo sin esfuerzo con mi amigo mexicano, y en el ordenador recibo correos electrónicos que un minuto antes alguien ha escrito en Australia. Y, por supuesto, el televisor me trae en el acto lo que sucede a miles de kilómetros. Todo ello nos sumerge en una sopa cultural en la que hay elementos de todas partes funcionando a trompicones para adaptarse a circunstancias insólitas para las estructuras sociales originarias. Los límites se difuminan, las fronteras se transgreden, la amalgama adquiere formas nuevas e imprevistas.

No es un fenómeno estrictamente contemporáneo. En la Antigüedad pasaban cosas parecidas, menos rápidas, menos generales, más esporádicas tal vez, pero pasaban, constantemente.  Los antropólogos estudian como procesos esas situaciones, y hablan de difusión, contacto cultural, integración, rechazo, aculturación, asimilación, y otros mecanismos.  Pero a mí lo que me ha fascinado siempre no es el dinamismo de las culturas, su movilidad espacial, el cambio irrefrenable, las influencias que van y que vienen recorriendo en ocasiones enormes distancias, sino el hecho de que los seres humanos recurran a las mismas ideas, y a semejantes realizaciones, para solventar problemas parecidos, aunque a veces no tan parecidos. Y dado que existen, y existieron, asuntos comunes a toda la humanidad, la necesidad del alimento, del albergue, del sexo, el miedo a la muerte, a la soledad, al sufrimiento, la competencia por lo que se supone son irrenunciables bienes, y que la unidad biológica y psíquica de nuestra especie no favorece infinitas alternativas a la conducta de las gentes, lo que el analista aprecia es la coincidencia de ciertas costumbres, creencias, comportamientos, rasgos materiales, en muchos lugares de la tierra. Cuando están lo suficientemente extendidos se suelen llamar “universales de la cultura”; pues bien, para sorpresa de los expertos en tales universales, uno de los más llamativos es el dragón.

¿Qué tiene el concepto y el icono del dragón para que esté presente en los cuatro rumbos de la brújula, en todos los tiempos e innumerables lugares? ¿Resuelve acaso alguno de esos problemas sustanciales a los que se enfrenta la especie humana? Eso es lo que me propuse averiguar luego de comprobar su presencia entre los mayas prehispánicos, civilización a cuyo estudio he dedicado casi toda mi vida académica. Seguramente el objetivo era demasiado ambicioso, o la cuestión demasiado espinosa y complicada, pero ha valido la pena reflexionar sobre una imagen tan extraña y fascinante; ahora, trescientas páginas después, creo que entiendo mejor el uso que hicieron de ella los antiguos mayas, y también otros pueblos asiáticos o africanos. El dragón es la expresión de lo que no es posible expresar, y ¿quién no ha dicho alguna vez “no tengo palabras”? El dragón está fuera de la dimensión en la que habitualmente nos movemos, pertenece naturalmente al mundo de lo trascendente, aunque es físico y se puede percibir y describir. Es un símbolo de tanta importancia que la Historia del hombre no habría sido la misma sin él, un hallazgo sensacional, diríamos hoy. De ahí que existan tantos adeptos, que veamos dragones en cualquier área de actividad moderna, en la publicidad, en la religión, en el deporte. Modestamente, espero haber aportado con Dragones y dioses un poquito más de luz a un tema inabarcable, absolutamente cardinal en el afán de comprensión de nuestra vida y de nuestro destino.