Artículos de la categoría ‘Ciencias Sociales’

Los dilemas de Europa y de la democracia

jürgen habermas - 9 de mayo de 2012

En un reciente ensayoi, el filósofo Jürgen Habermas reflexiona sobre la crisis política de la Unión Europea y los dilemas de la democracia actual, prolongando así los trabajos recogidos en su libro La constitución de Europa, que ahora publica Editorial Trotta. Ofrecemos aquí la primera parte de este texto inédito, que en breve será seguida por su segunda entrega.

Durante las cuatro, ya casi cinco décadas de su carrera académica activa, Claus Offe ha abordado con sistemática dedicación la teoría democrática desde el punto de vista del Estado, esto es, tomando en consideración a los encargados de formular la política nacional en las democracias capitalistas. Su interés se dirige principalmente a los límites estructurales del campo de acción de estos responsables políticos: a la manera como consiguen evitar choques deslegitimadores entre los requisitos sistémicos del crecimiento económico y las reivindicaciones de los ciudadanos democráticos. Planteado el problema de este modo, Offe parte de dos supuestos básicos: primero, que los gobiernos liberales dependen de los impuestos tanto como de los votos y que, en consecuencia, deben satisfacer tanto los requisitos legales, infraestructurales y fiscales, a fin de realizar inversiones rentables, como también las reivindicaciones ciudadanas de libertades iguales, justicia social, seguridad de estatus y prestación de servicios necesarios y bienes públicos; segundo, que no existe un mecanismo para lograr el equilibrio entre estas exigencias, que se hallan en mutua competencia e incluso resultan incompatibles en tiempos de crisis.

Valga como ejemplo la crisis presente de la Unión Económica y Monetaria europea (UEM), que Offe ha analizado en términos de un triángulo de constricciones: por un lado, está la necesidad de salir al rescate de instituciones financieras en quiebra cuyos clientes preferenciales son, a su vez, los mismos gobiernos que salvan a los bancos; por otro lado, está la imposibilidad de subir los impuestos —con la consiguiente carga para los inversores de la economía «real», productora de valor— recortando al mismo tiempo el gasto público a costa de la seguridad social o de los bienes y servicios públicos. Contrariamente a un modelo marxiano de funcionalismo, este enfoque no prejuzga la dirección de los flujos causales. Para las democracias capitalistas es una cuestión empírica la de saber si y hasta qué punto la política o bien puede determinar las condiciones marco del sistema económico o bien tiene que adaptarse a sus imperativos funcionales.

Los gestores políticos ocupan una posición especial en el sistema político, aparte de las posiciones de otros actores diversos. Pero solo en contadas ocasiones pueden actuar en el papel diferente y más inclusivo de exponentes del sistema político como un todo, por ejemplo, cuando buscan extender el alcance del poder político dentro de la sociedad más amplia. Un caso relevante son los fallidos intentos por regular los mercados globales financieros con el fin de volver a poner bajo control las operaciones destructivas del sistema bancario (por ejemplo, la introducción de un impuesto europeo sobre las transacciones financieras). El mayor obstáculo para tales intentos es la fragmentación política, esto es, la competición entre los Estados nacionales. Los Estados, que guardan celosamente sus prerrogativas, se resisten a construir nuevas competencias supranacionales para la acción política a costa de una transferencia de derechos soberanos.

Este hecho tiene un impacto inmediato en los dilemas de la democracia, puesto que solo el poder político, y no los mercados, puede ser sometido al control democrático. Sin embargo, no cualquier acumulación de poder en los niveles superiores de un sistema político sirve a la democracia. En la primera parte de este texto quisiera recordar los pasos dados recientemente por el Consejo Europeo hacia una cooperación más estrecha entre los Estados miembros, pasos que conducen a un aumento del poder ejecutivo europeo al servicio de un régimen de la Unión Europea conformador de los mercados y a expensas de la autonomía de los parlamentos nacionales. En la segunda parte, quisiera discutir la viabilidad de una improbable alternativa democrática, que requeriría superar el obstáculo de un ulterior proceso constitucional.

Numerosos expertos coinciden en las causas económicas de la presente crisis fiscal. Dado que la devaluación de la moneda no es una opción viable, y debido a la falta de mecanismos compensatorios tales como la movilidad de la fuerza de trabajo a través de las fronteras nacionales o un régimen común en la política social, la diferencia en los niveles de competitividad entre los Estados miembros ha generado en el pasado desequilibrios económicos a lo largo y ancho de la Eurozona, y continuará haciéndolo de forma creciente en el futuro. Estos desequilibrios solo pueden eliminarse mediante una armonización diferenciada de las políticas económica, fiscal y social de cada nación. En una respuesta tangencial a esta necesidad, el gobierno alemán ha presionado con éxito para lograr un acuerdo sobre los esfuerzos conjuntos en la aplicación de políticas de austeridad nacional, sobre los procedimientos para una supervisión conjunta de su implementación y sobre los mecanismos sancionadores en caso de violaciones. Sin entrar en los detalles de los numerosos y más bien redundantes acuerdos alcanzados desde marzo de 2011, me permito simplemente resumir tres errores de importancia:

—   La imposición de políticas de austeridad repite el error estratégico de apostar ante todo por la estabilidad fiscal. Este tipo de coordinación política está cortada a la medida para lograr un traslado más efectivo de imperativos sistémicos a los canales de la política nacional. La estrategia no solo es errónea por razones económicas, al par que desastrosa a la vista de sus consecuencias sociales; es, además, contraproducente cuando se trata del objetivo de tener de nuevo el control político sobre los desenfrenados mercados financieros.

—   El paso en la dirección de una gobernanza supranacional por medio de la coordinación de la gestión política nacional conforme a las mismas reglas no es capaz de eliminar las causas estructurales de los ciclos económicos destructivos. La idea de que «un sistema de reglas vale para todo» no responde a la necesidad de programas públicos diferenciados en niveles diferentes de desarrollo económico y en el contexto de culturas económicas diferentes. La Ordnungspolitik (política de orden) no es un sustituto de las intervenciones flexibles por parte de un gobierno económico europeo que ha de obtener la libertad de acción para disponer de un presupuesto propio, por limitado que este sea.

—   El pacto fiscal sella definitivamente el modo intergubernamental de regular y supervisar políticas nacionales paralelas. La arquitectura tecnocrática de un modo de gobernanza ejercido informalmente por los dirigentes de los Estados miembros de la Unión Monetaria ya fue introducida por el Pacto del Euro Plus el 25 de marzo de 2011 (y no es un daño colateral de la posterior carrera en solitario británica). Con este documento el Consejo Europeo se arroga el derecho, primero, de determinar objetivos específicos para todo el campo de las políticas que afectan a la competitividad de una economía nacional (medida en costes laborales unitarios); y segundo, de supervisar cómo la Comisión controla su implementación temporal. La retórica no puede disimular la práctica que se pretende: basándose en acuerdos informales, los dirigentes de los gobiernos implicados —valiéndose de un claroscuro de presiones y de una sumisión quiérase o no— imponen su voluntad sobre cada uno de los parlamentos nacionales.

En caso de que logre evitarse el crac, deberemos probablemente esperar que la política europea continúe en la dirección posdemocrática de un federalismo ejecutivoii . Si mi análisis se sostiene, este curso de los acontecimientos agravará más bien que aliviará los desequilibrios económicos dentro de la Eurozona, mientras sirva al miope interés de las élites dirigentes consistente en desvincular los acuerdos europeos complejos y de largo alcance de los sospechosos públicos domésticos. Hoy día Europa parece estar atrapada en el dilema de la simultánea necesidad e imposibilidad de una profundización democrática de sus institucionesiii.


i Presentado en el «Symposium for Claus Offe», Hertie School of Governance, el 22 de marzo de 2012, bajo el título «Dilemmas of Democracy — The Example of the Present EU Crisis».

ii El resultado bien podría ser la diferenciación institucional entre miembros y no-miembros de la UEM, dado que pueden invocarse diversas opciones para una «cooperación más intensa» con vistas a desarrollar una «Unión de dos velocidades» dentro del marco legal establecido por los tratados europeos existentes. Véase Jean Claude Piris, The Future of Europe, Cambridge UP, Cambridge (RU), 2012, pp. 61-105.

iii Véase el diagnóstico de Mark Leonhard (Four Scenarios for the Reinvention of Europe, European Council on Foreign Relations (ecfr.eu): «Los líderes europeos han venido avanzando hacia un acuerdo siguiendo los pasos necesarios para salvar el euro. Pero, mientras que reconocen la necesidad de ‘más Europa’, no saben cómo persuadir a sus ciudadanos, parlamentos o tribunales para aceptar esto. Esta es la raíz de la crisis política de Europa: la necesidad y la imposibilidad de integración».

El abrazo mortal del neoliberalismo

ermanno vitale - 24 de enero de 2012

En un mundo dominado por la economía de mercado, y en particular en Europa, las guerras ya no se combaten en los campos de batalla. No es que haya dejado de haberlas, pero son marginales y sólo se producen cuando de lo que se trata es de ajustar las cuentas con y entre Estados ‘canallas’. Los demás Estados, los Estados ‘responsables’ aunque no por ello necesariamente democráticos, y el gran número de organismos internacionales y supranacionales existentes hablan sin cesar de colaboración y cooperación para la resolución de los problemas planetarios. Lo que nadie se explica es por qué, a pesar de tantos esfuerzos, los problemas planetarios no sólo no desaparecen, ni siquiera parcialmente, sino que no paran de agravarse.

Cabe la sospecha de que, tras el velo de las declaraciones oficiales, estén surgiendo nuevos tipos de conflicto ─ocultos bajo el disfraz de la cooperación y, por eso, más difíciles de identificar, pero cargados, al menos para los derrotados, de consecuencias sociales similares y, en cierto sentido, incluso peores que las que en otros tiempos traía la derrota en una guerra─ que escapan a nuestra mirada distraída. Las guerras del pasado ─suprema manifestación de la soberanía estatal, del poder político─ producían muerte y sufrimiento entre todos los contendientes, y además obligaban a los derrotados a cargar con pérdidas territoriales y resarcimientos por los daños de guerra, con el consiguiente drástico retroceso en el nivel de vida en parte de la población. Efectos similares son los que han producido en estos últimos treinta años las políticas neoliberales de ‘privatización del mundo’ y de ‘financiarización’ de la economía, las cuales, después de haber despertado en la población de los Estados más débiles la ilusión de lo fácil que habría podido ser el acceso a la riqueza y la felicidad consumista, se dedican ahora a ‘salvarlos’ imponiéndoles las ‘recetas’ del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, del Banco Central Europeo y de la Comisión Europea. En Europa, la quiebra efectiva de Grecia, donde están produciéndose ya numerosos casos de desnutrición infantil, así como las enormes dificultades de buena parte de los países miembros de la Unión amenazan con devolver nuestras sociedades al nivel de vida de los años de la segunda posguerra, antes de que la reconstrucción diera paso a eso que solemos llamar los ‘treinta años gloriosos’, cuando un imperioso y probablemente irrepetible impulso de crecimiento económico pudo conjugarse con políticas ‘socialdemócratas’ de redistribución de la riqueza.

Las constituciones de la segunda posguerra (o, en el caso español, la constitución posfranquista) fueron expresión y, en cierta medida, el punto de referencia y la brújula de sociedades que no sólo aspiraban a decir ‘nunca más’ a las dictaduras, sino que pretendían que el mercado y la iniciativa privada no persiguieran exclusivamente el beneficio, sobre todo cuando éste se produce a costa del interés colectivo e impide que se realicen las condiciones mínimas de igualdad en derechos fundamentales que deben estar en la base de una sociedad democrática. Las constituciones de aquel periodo, en las que se encuentra a mi juicio uno de los puntos más altos de civilización de todos los tiempos, nunca fueron una rémora para el progreso social y no se han convertido, de la noche a la mañana, en inútiles instrumentos pasados de moda, como quiere hacer creer el neoliberalismo dominante hoy en Europa y en el mundo. Frente a la erosión de sus elementos programáticos e incluso a la agresión que experimentan algunos de sus logros aparentemente consolidados en el ámbito nacional y supranacional, como he sugerido en Defenderse del poder. Por una resistencia constitucional, tomarse en serio el constitucionalismo de la segunda posguerra, con su énfasis en los derechos sociales como condición para la garantía de las libertades civiles y la participación política de los individuos, es la vía para resistir tanto a las formas de neoautoritarismo político, como a los ‘poderes salvajes’ del mercado, cada vez más penetrantes y agresivos. Y para resistir, en particular, a los encantos de ese mercado de la cultura y la información que, a través de los grandes medios de comunicación, impone como deseable ─como el mejor de los mundos posibles─ una sociedad caracterizada, cada vez más, por la existencia de enormes desigualdades materiales y una impresionante miseria moral, por la uniformidad cultural y la apatía política. Resistir a la homologación, en el plano cultural antes que político, y no resignarse a la inevitabilidad de un modelo de ‘desarrollo’ que está robándoles el futuro a nuestros hijos y que corre el riesgo de acabar abonando el terreno para nuevas y terribles guerras, es la condición para poder pensar, como seres libres y no como esclavos del mercado, en cómo retomar, con instrumentos que estén a la altura de las transformaciones históricas que están teniendo lugar en este momento, ese camino, hoy interrumpido, de progreso moral y civil hacia el que el constitucionalismo del siglo XX, heredero de la Ilustración, sigue todavía apuntando.

De la escisión a la inocencia

ricardo sanmartín - 8 de noviembre de 2011

Vivimos en el seno de una época cuyo estilo vital no podríamos entender sin escuchar las canciones que nos acompañan o sin contemplar la figura del hombre que nos dibuja el cine contemporáneo. Se trata de dos tipos de arte que, quizá hoy más que nunca, nos envuelven creando un fondo ambiental imprescindible para percibir la cultura de nuestro tiempo. Sus creaciones no pretenden simplemente distraernos. Hay en el canto una voz humana que va más allá de la literalidad del poema, que sigue el hilo del dolor hasta encontrar el bien vivo aun en su fondo, y cuyo gozoso hallazgo canta. Al contemplar el bien que encarna el valor, nace la energía que acoge el creador con sus notas y palabras, y que nos entrega con el testimonio de su interpretación en directo en el concierto. Bob Dylan, Valderrama, Raimon, Serrat, los Beatles, John Lennon, entre tantos otros, prueban la calidad humana de ese trayecto que ofrece a quien lo goza una vivencia de libertad.

De un modo similar, con su propio lenguaje, la inmensa variedad de producciones cinematográficas nos ofrece un singular espejo con el que retrata perfiles y facetas del alma rota del hombre moderno. Nos adentramos en el imaginario cultural al percibir un fondo común de preguntas entre Jekyll, Hyde, Hulk, Peter Pan y Ed Bloom. También aquí, la escisión del sujeto, el dolor de su perdimiento y la crisis de la paternidad las analiza el cine, desde el guión a la imagen, hasta ofrecernos una historia inacabada, llena de preguntas vitales con las que el espectador ahonda en las raíces de su desasosiego y de su borrosa identidad. Pero ¿por qué acude el cine al límite de la comunicación sexual con tanta frecuencia? Ang Lee, Julio Medem, Matías Bize, B. Bertolucci, o Stanley Kubrick investigan cómo a cada sujeto se le desvela su verdad existencial en el del encuentro. La identidad intraducible del sujeto, desnuda de referencias, nos muestra la valoración cultural de la unicidad de la persona. El drama inevitable de toda historia da pie a  tramas en las que la huida de los personajes tensa lo posible y la libertad. De esa tensión extrae el sujeto moderno  gran parte de la energía con la que fragua su identidad. También la libertad, como hilo conductor, entreteje la obra de Buñuel, desde la pobreza, en su personal visión de Las Hurdes, hasta su mágica crítica de la abundancia en la burguesía mejicana y europea.

De manera similar a los primeros ensayos en Antropología del arte, que, bajo el título de Meninas, espejos e hilanderas, presentamos en esta misma editorial, en este segundo volumen, Libertad, sensualidad e inocencia, la etnografía de campo, fruto de la observación y las entrevistas, estudia los valores que nos ofrece el arte contemporáneo. Al ver las obras y hablar con sus creadores, intentamos escuchar el efecto coral de la gran suma heterogénea que tantas voces y miradas componen. Así comprendemos mejor el imaginario cultural de un tiempo en marcha.  Descubrimos entonces la investigación primordial que desarrolla todo artista creador atento al skyline que caracteriza el horizonte de su época, una época que parece haber perdido toda inocencia y que, sin embargo, se nos desvela viva aún en el corazón del mejor arte de nuestro tiempo. La inocencia, como verdad y tierra firme, como patrimonio humano, se convierte en el punto de partida de toda creación.