Artículos de la categoría ‘Ensayo Literario’

Una fabulación literaria

carlos taibo - 8 de julio de 2011

Fernando Pessoa murió en Lisboa en 1935, con 47 años de edad. Las fotos del poeta realizadas en el decenio de 1930 dibujan a alguien que aparentaba más años de los que tenía, inmerso en los efluvios del alcohol, consciente de que el tiempo, irreparablemente, se le iba y obsesionado con ordenar y rematar su obra.

A menudo se ha exagerado la marginalidad en la que Fernando Pessoa se movió. Dejemos las cosas en su sitio: aunque no era el perfecto desconocido, tantas veces retratado, que nada había publicado en vida, lo cierto es que la luz que la obra pessoana despide, y que hoy nos parece tan evidente, a duras penas alumbró a sus contemporáneos. En más de una ocasión afirmó el poeta, con insorteable lucidez, que en los hechos escribía para las generaciones futuras.

Dejemos paso aquí a la fabulación y supongamos —tampoco es mucho suponer— que Fernando Pessoa hubiese vivido cuarenta años más para fallecer, entonces, en 1975. Imaginemos que el poeta hubiese tenido la oportunidad de asistir al reconocimiento de su obra en Portugal —ganó alas en el decenio de 1940— y, más aún, un par de décadas después, a la eclosión planetaria de Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis. ¿Alguien acierta a imaginar a Pessoa moviéndose por los estudios de televisión, firmando ejemplares del Livro do Desassossego en unos grandes almacenes, acudiendo a universidades de todo el mundo para ser investido doctor honoris causa o, más aún, recibiendo el Nobel de literatura?

Confesemos rápidamente que aunque como ejercicio de fabulación literaria lo anterior tiene, claro, su interés, a duras penas encaja con la condición del Fernando Pessoa que se nos fue en 1935. Tímido y huidizo, a duras penas habría soportado semejantes retos —a duras penas, por decirlo mejor, se habría prestado a ellos—, tanto más cuanto que sobran las razones para concluir que ni siquiera hubiese puesto orden en sus papeles. Acaso fue la muerte lo que permitió que otros, menos exigentes y con mayor visión de futuro, le diesen forma a una obra indeleblemente marcada por la fragmentación.

Y es que nunca se subrayará de manera suficiente la condición de la principal hazaña de la vida de Fernando Pessoa: la decisión de automarginarse de unas glorias literarias que, efímeras, hubieran impedido con certeza que la obra del poeta asumiese la forma precisa que conocemos. Entregó su vida, como ha sugerido alguien, para hacer que la nuestra fuera más hermosa.

Termino. En Como si no pisase el suelo he intentado escarbar en la grandeza de un ser humano eclipsado por la rutilante condición de la obra que escribió, y al respecto he buceado en sus relaciones familiares, en su vida cotidiana, en su trabajo como traductor para casas comerciales, en los viajes que realizó, en los dos noviazgos que mantuvo con Ofélia Queirós, en la fama que alcanzó en vida y en la que intuía que le aguardaba, en las lenguas en las que se desenvolvió o en las fotografías que lo retratan. He intentado, por decirlo así, tirar de las notas a pie que incluyen en sus textos los biógrafos de Pessoa para construir un retrato cabal de alguien que en todo momento procuró, con razonable éxito, ocultarnos quién era.

Sobre literatura alemana

ángel rupérez - 27 de mayo de 2011

Como simple lector, tengo serios problemas para distinguir entre la literatura alemana y la literatura escrita en alemán. Sé que el poeta Paul Celan no era alemán pero sé que escribió en alemán y, por ello mismo, tiendo a verlo como un escritor alemán. Lo mismo ocurre con tantos y tantos escritores a los que admiro mucho o muchísimo: Franz Kafka, R. M. Rilke, Elias Canetti, Peter Handke, Thomas Bernhard, Georg Trakl, Robert Walser… Escritores de primera fila, y algunos de ellos gigantescos, que usaron la lengua alemana en sus creaciones y, por ello mismo, contribuyeron a su máxima dignificación cultural, pues la literatura otorga un plus de acrecentamiento a las lenguas en las que consigue encarnarse de la manera más representativa imaginable. Sería imposible para mí hablar de la literatura alemana sin mencionar a esos escritores, aunque sepa perfectamente bien que no son alemanes porque no nacieron en Alemania.

Franz Kafka es uno de los creadores de la novela moderna que escribió en una pequeña ciudad del imperio austrohúngaro llamada Praga, pero la lengua en que materializó sus asombrosas invenciones es el alemán —que era su lengua materna— y, por tanto, tiendo a verlo como un escritor alemán, un tanto periférico, si se quiere, pero alemán a fin de cuentas. R. M. Rilke es uno de los más grandes poetas europeos del siglo xx, también nacido en Praga, y residente en Alemania durante un tiempo, después errante pero al final alemán porque escribió en alemán y fue esa lengua y no otra la que hizo posible que sus creaciones adquirieran el rango de universalidad que han adquirido. Entonces, según este razonamiento —exclusivamente de uso personal— son las lenguas las patrias de los escritores más que sus lugares de nacimiento. En realidad, y en cierto modo, ese es el milagro, o un cierto milagro al menos: la terca realidad política dice una cosa, pero la terca realidad cultural dice otra distinta, y las dos no coinciden, y es una suerte que no coincidan porque así la literatura se enfrenta libremente a los compartimentos estancos que reducen las creaciones artísticas a sus confines administrativo-políticos, cuando por todos es sabido que la tendencia natural de la literatura es la superación de cualquier clase de fronteras, incluidas las que impone la propia lengua (fue Goethe, precisamente, el primero que habló de literatura universal, es decir, literatura de todos y para todos, en cualquier tiempo y lugar, por encima de barreras del tipo que fueran).

Sin embargo, otra clase de tercas realidades se imponen, y debemos ser realistas, y aceptar el hecho incontestable de que existe un país llamado Alemania, con una historia precisa y concreta, y con una literatura también propia, específica, nacional, y que me obliga a reparar en ella y en los nombres señeros que, de un modo u otro, han significado cosas relevantes para mí, en el pasado pero también en el presente. Un crítico como G. E. Lessing debe ser recordado siempre por la categoría de sus ambiciones como por el empeño puesto en llevarlas a cabo. Schiller es un teórico excepcional, y un ensayista puro, tal como revelan sus excepcionales Cartas sobre la educación estética del hombre. Goethe  puede ser muchas cosas pero para mí es sobre todo lo más parecido a la sabiduría, tal  y como nos la legó su interlocutor Eckermann. Herder es un innovador, lo cual significa que supo romper con moldes y adelantar visiones que fructificaron más tarde. Friedrich Schlegel es para mí un faro, un verdadero creador y un auténtico inventor de la crítica más moderna que quepa imaginar, mucho antes de que Roland Barthes la reinventara a su modo.  Novalis es la ascensión a la divinidad oculta en lo más cercano, al tiempo que es la nostalgia por lo más supremo, no por inalcanzable menos anhelado, y Hörderlin es… la poesía convertida en reconstrucción del mundo tal como debiera ser si para que dejara de ser lo que gravemente es, impuro, falaz, catastrófico y, al final, gravemente perturbador, como el propio Hölderlin conoció en sus propias carnes. Thomas Mann sigue imponiéndome, sobre todo si recuerdo La  montaña mágica —aunque no solo—, pues  esa capacidad suya de llevar el pensamiento más ambicioso al corazón de la narración más irrenunciableme sigue pareciendo una de las más decisivas razones para seguir justificando la ficción en nuestras vidas.

Y estaba a punto de acabar este recuento de mis emociones y agradecimientos lectores  cuando caigo en la cuenta de que puede que debiera hacer un hueco en esta rememoración a ciertos filósofos alemanes que han hecho algo decisivo y sumamente valioso: colocar la filosofía en las cercanías de la vida, con todas sus excrecencias perturbadoras, y toda su capacidad de alumbrar conocimientos con las imperfecciones de la existencia.  Me refiero en términos absolutos a Friedrich Nietzsche y también a Walter Benjamin. Los zurriagazos arrebatados del primero, sus exaltaciones clarividentes, su sublime intensidad y las apreciaciones casi líricas del segundo en medio de sus más concienzudas reflexiones, por no hablar de su magistral crítica literaria, les dotan de lenguajes respectivamente cercanos a los territorios reveladores de la imaginación que se alimenta de experiencias no solo conceptuales, sino también, por decirlo así, emocionales.

Vuelvo, para terminar, a los otros alemanes, los alemanes de la lengua alemana, los alemanes que mencionaba al principio, y de todos ellos destaco a Elias Canetti, afincado en Inglaterra, ejemplo de escritor independiente, singular y profundo, de esos que no encajan en las triviales componendas de las literaturas amortajadas de cualquier tiempo o lugar, que no dejó de decir nunca lo que era fundamental que oyéramos para que la existencia no se nos convierta en un pedazo de roca sucia que nos hemos encontrado en el camino sin saber muy bien qué hacer con ella.  Y también recuerdo a  W. G. Sebald, casi inglés igualmente, el extraño, el innovador, el enviado por los cielos para recordarnos que la literatura debe ser esa clase de exigencia intransigente y radical, muy por encima de la que propician hoy día las exigencias comerciales que la degradan  hasta extremos literalmente nauseabundos.

La filosofía de Nietzsche en su Correspondencia

luis enrique de santiago guervós - 8 de marzo de 2011

Se suele decir que para comprender a Nietzsche no son suficientes ni sus escritos publicados, ni sus escritos póstumos, hay que contar con su Correspondencia como un complemento esencial para entender su vida y su obra. La edición en seis volúmenes que estamos llevando a cabo un grupo de estudiosos de Nietzsche en colaboración con la Editorial Trotta (se han publicado ya cinco volúmenes) supondrá, para los investigadores de lengua castellana, un instrumento imprescindible para una nueva manera de leer a Nietzsche. Y esto por varias razones. Por una parte, porque muchas de las ideas de Nietzsche encuentran en la Correspondencia su lugar vital, que no pocas veces nos permite establecer las claves de interpretación para sus propios textos. Por otro lado, sus cartas nos facilitan el conocimiento de  la situación cultural y social de la Alemania de la época, la reacción de Nietzsche frente a determinados acontecimientos, la relación con su entorno, etc. Pero, sobre todo, no se puede perder de vista que su  obra es como una crónica de los complejos acontecimientos relacionados con su vida más íntima y con el intento de tomar las riendas del poder sobre sí mismo. En el prólogo a Ecce Homo, en donde trata de explicar la razón de ser de sus escritos, afirma que en su filosofía siempre quiso «dar testimonio» de sí mismo. Pues bien, todo esto  contribuye a realzar el valor de sus cartas, en las que expresa sus sentimientos más profundos y su naturaleza humana, sus experiencias vitales más íntimas y sus propias vivencias. A veces contrasta la dureza de sus escritos con su extrema sensibilidad frente a determinados acontecimientos. De hecho, esos momentos íntimos en los que se comunicaba con el exterior y que rompían por un momento su voluntaria soledad son el testimonio más precioso que nos han dejado esos vestigios de su alma atormentada. A través de su lectura posiblemente llegaremos a comprender mejor la grandeza de este insigne filósofo.

Es obvio, por tanto, que la Correspondencia nos ofrece el material necesario y adecuado para llegar a tener un conocimiento crítico de la vida y del tiempo de Nietzsche.  Pero además de su interés biográfico, tiene también un gran interés filosófico y literario. En ella encontramos datos importantes sobre el origen y la elaboración de sus escritos y sobre sus planes de futuro, unas veces realizados y otros convertidos en meros proyectos. De gran utilidad son las fechas sobre la publicación de sus trabajos y el decurso de su elaboración, la corrección de pruebas, los problemas de imprenta, etc.  En ellas aparecen los primeros atisbos de sus ideas filosóficas, ideas que Nietzsche contrasta la mayoría de las veces con amigos o conocidos, o con sus maestros, sobre todo en la primera época. Y desde un punto de vista literario, se  puede apreciar en ellas de una manera clara  la evolución de su  estilo, y la importancia que tiene para Nietzsche tener un buen estilo. Esto nos lleva fundamentalmente a considerar la peculiaridad literaria de sus cartas, que son sin duda el resultado de verdaderos procesos literarios y de una delicada elaboración. Un ejemplo de ello son los numerosos borradores que de ellas se conservan.
Pero no sólo las cartas que Nietzsche escribe son de especial interés, sino las que recibe. Un ejemplo de esa Correspondencia viva y apasionada se puede  comprobar en las cartas de Cosima Wagner a Nietzsche (que publicará próximamente esta editorial). En ellas se aprecia esa extraña complicidad que mantuvieron, coincidiendo con los primeros momentos de la vida intelectual de Nietzsche y con su trágico final. En cierta medida, toda la obra de Nietzsche está atravesada por ese halo de misterio que entraña esa mujer que se convirtió en «la mujer más importante» de su vida, en su musa y en una de sus mejores interlocutoras en la fase inicial de su pensamiento, a la que dedicó sus primeros escritos, y con la que maduró sus proyectos en los largos encuentros que mantuvo con ella, con la mujer del que fue su más insigne maestro, R. Wagner. Así pues, vemos cómo en Nietzsche, su propia biografía se convierte en un banco de pruebas en el que se van forjando sus pensamientos, encontrando siempre en la vida un motivo para pensar.