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Razones para leer a Stefan George

carmen gómez garcía - 13 de diciembre de 2011

Cuando menos, son tres las posibles formas o, quizá, los diferentes motivos para leer a Stefan George hoy día.

Es necesario leerlo porque sin él no se comprende la vida intelectual de los países en lengua alemana de la primera mitad del siglo XX, afirman algunos eruditos de prestigio que, a lo largo de los últimos años, se han animado a publicar libros sobre este autor tan controvertido como carismático. Cierto. De la literatura de George son admiradores confesos, entre otros, Celan, Rilke, Hofmannsthal, o también Benjamin, Adorno, Georg Simmel, Max Weber… Es conocida la rendida veneración y cariño que por él profesaron los hermanos Stauffenberg, dos de ellos fusilados tras el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944, sobre el que, dicen, planean las enseñanzas y los poemas de George. Se han escrito muchas páginas sobre la frase que Claus von Stauffenberg gritó ante el pelotón de fusilamiento (Es lebe das geheime/heilige Deutschland: «Viva la Alemania secreta/sagrada»), pero nunca se sabrá si aludió a su concepción de una Alemania sagrada o a la Alemania secreta que George había recuperado del siglo XIX, no exenta de matices platónicos. Cabe reflexionar, sin embargo, en la conveniencia de esta mitificación tanto para Stauffenferg, héroe nacional, como para el propio George, a quien todavía hay voces que le atribuyen cierta cercanía al nacionalsocialismo.

Pero no ha sido hasta ahora cuando se ha empezado a desbrozar la influencia de George en su faceta de educador y de reformador de la pedagogía, la cual tuvo como uno de sus protagonistas a Georg Picht, cuya inspiración georgiana aún es latente en el internado de Birklehof. Al educador, al «Maestro», también le rindieron tributo el alto diplomático nazi Ernst von Weizsäcker y sus tres hijos: Carl Friedrich, el filósofo; Heinrich, el hijo mediano, caído en la Segunda Guerra Mundial, y Richard, presidente de la República Federal de Alemania de 1984 a 1994 y uno de los protagonistas de la reunificación. El antaño presidente aún rememora su experiencia de George, a quien padre e hijos visitaron una tarde en Berlín: mientras el Meister conversaba con el mayor, mandó sentar a su vera al más pequeño, sobre cuyo cuello posó una mano: «La autoridad de esa mano, la dominante amabilidad del gesto, la ineludible inclusión en ese momento, que no puede comprenderse por palabras proferidas sino por la importancia del instante, han permanecido intactas en mi memoria desde entonces». También su hermano mayor, el filósofo, escribió unas líneas sobre sus recuerdos del poeta. Quizá ellas nos hagan entender en qué consistía la fascinación que George ejercía sobre los demás: «Lo principal es la idea de que existe algo grande, que uno tiene que amar y venerar sin reservas».

Otra posible lectura hace hincapié en el morbo que despiertan las andanzas de George como homosexual, como centro de un círculo de jóvenes, muchos de ellos apuestos, de sólida formación y exquisita sensibilidad o predisposición hacia el arte. Uno de estos jóvenes incluso, Maximilian Kronberger, fue ascendido a la categoría de un dios —Maximin— al que los demás miembros del círculo debían rendir tributo. Hay quien ha querido ver en este grupo una secta de homosexuales y en Maximin una locura del escritor. Y sin embargo, se pasa por alto que las agrupaciones de artistas eran habituales en la Europa de principios de siglo y que la deificación del pobre Maximilian, muerto a la temprana edad de dieciséis años, no era sino un «truco» del que el poeta se sirvió para sus fines tanto literarios como educativos. Son muchos, en cualquier caso demasiados, los que se han acercado no al George poeta, sino al presunto pederasta, como prueba el inusitado éxito —ocho ediciones— que hasta ahora ha disfrutado una extensa y valiosa biografía de George publicada en 2007, cuyo título menciona el carisma del poeta.

El tercer motivo de por qué leer a George tiene una respuesta muy simple: por placer, por el simple y legítimo placer de disfrutar de la palabra, por el goce estético que despiertan sus ritmos, su atrevimiento formal, semántico y musical con un lenguaje que él forzó, retorció, exprimió y tensó a voluntad. Con mucha frecuencia son solo unos pocos versos de cada poema los que encandilan al lector; tanto, que podría pensarse que George ha escrito el resto como ecos de aquellos.

Doy paso al poeta en Nada hay donde la palabra quiebra, recientemente publicado por Trotta. Que disfruten.

Sobre literatura alemana

ángel rupérez - 27 de mayo de 2011

Como simple lector, tengo serios problemas para distinguir entre la literatura alemana y la literatura escrita en alemán. Sé que el poeta Paul Celan no era alemán pero sé que escribió en alemán y, por ello mismo, tiendo a verlo como un escritor alemán. Lo mismo ocurre con tantos y tantos escritores a los que admiro mucho o muchísimo: Franz Kafka, R. M. Rilke, Elias Canetti, Peter Handke, Thomas Bernhard, Georg Trakl, Robert Walser… Escritores de primera fila, y algunos de ellos gigantescos, que usaron la lengua alemana en sus creaciones y, por ello mismo, contribuyeron a su máxima dignificación cultural, pues la literatura otorga un plus de acrecentamiento a las lenguas en las que consigue encarnarse de la manera más representativa imaginable. Sería imposible para mí hablar de la literatura alemana sin mencionar a esos escritores, aunque sepa perfectamente bien que no son alemanes porque no nacieron en Alemania.

Franz Kafka es uno de los creadores de la novela moderna que escribió en una pequeña ciudad del imperio austrohúngaro llamada Praga, pero la lengua en que materializó sus asombrosas invenciones es el alemán —que era su lengua materna— y, por tanto, tiendo a verlo como un escritor alemán, un tanto periférico, si se quiere, pero alemán a fin de cuentas. R. M. Rilke es uno de los más grandes poetas europeos del siglo xx, también nacido en Praga, y residente en Alemania durante un tiempo, después errante pero al final alemán porque escribió en alemán y fue esa lengua y no otra la que hizo posible que sus creaciones adquirieran el rango de universalidad que han adquirido. Entonces, según este razonamiento —exclusivamente de uso personal— son las lenguas las patrias de los escritores más que sus lugares de nacimiento. En realidad, y en cierto modo, ese es el milagro, o un cierto milagro al menos: la terca realidad política dice una cosa, pero la terca realidad cultural dice otra distinta, y las dos no coinciden, y es una suerte que no coincidan porque así la literatura se enfrenta libremente a los compartimentos estancos que reducen las creaciones artísticas a sus confines administrativo-políticos, cuando por todos es sabido que la tendencia natural de la literatura es la superación de cualquier clase de fronteras, incluidas las que impone la propia lengua (fue Goethe, precisamente, el primero que habló de literatura universal, es decir, literatura de todos y para todos, en cualquier tiempo y lugar, por encima de barreras del tipo que fueran).

Sin embargo, otra clase de tercas realidades se imponen, y debemos ser realistas, y aceptar el hecho incontestable de que existe un país llamado Alemania, con una historia precisa y concreta, y con una literatura también propia, específica, nacional, y que me obliga a reparar en ella y en los nombres señeros que, de un modo u otro, han significado cosas relevantes para mí, en el pasado pero también en el presente. Un crítico como G. E. Lessing debe ser recordado siempre por la categoría de sus ambiciones como por el empeño puesto en llevarlas a cabo. Schiller es un teórico excepcional, y un ensayista puro, tal como revelan sus excepcionales Cartas sobre la educación estética del hombre. Goethe  puede ser muchas cosas pero para mí es sobre todo lo más parecido a la sabiduría, tal  y como nos la legó su interlocutor Eckermann. Herder es un innovador, lo cual significa que supo romper con moldes y adelantar visiones que fructificaron más tarde. Friedrich Schlegel es para mí un faro, un verdadero creador y un auténtico inventor de la crítica más moderna que quepa imaginar, mucho antes de que Roland Barthes la reinventara a su modo.  Novalis es la ascensión a la divinidad oculta en lo más cercano, al tiempo que es la nostalgia por lo más supremo, no por inalcanzable menos anhelado, y Hörderlin es… la poesía convertida en reconstrucción del mundo tal como debiera ser si para que dejara de ser lo que gravemente es, impuro, falaz, catastrófico y, al final, gravemente perturbador, como el propio Hölderlin conoció en sus propias carnes. Thomas Mann sigue imponiéndome, sobre todo si recuerdo La  montaña mágica —aunque no solo—, pues  esa capacidad suya de llevar el pensamiento más ambicioso al corazón de la narración más irrenunciableme sigue pareciendo una de las más decisivas razones para seguir justificando la ficción en nuestras vidas.

Y estaba a punto de acabar este recuento de mis emociones y agradecimientos lectores  cuando caigo en la cuenta de que puede que debiera hacer un hueco en esta rememoración a ciertos filósofos alemanes que han hecho algo decisivo y sumamente valioso: colocar la filosofía en las cercanías de la vida, con todas sus excrecencias perturbadoras, y toda su capacidad de alumbrar conocimientos con las imperfecciones de la existencia.  Me refiero en términos absolutos a Friedrich Nietzsche y también a Walter Benjamin. Los zurriagazos arrebatados del primero, sus exaltaciones clarividentes, su sublime intensidad y las apreciaciones casi líricas del segundo en medio de sus más concienzudas reflexiones, por no hablar de su magistral crítica literaria, les dotan de lenguajes respectivamente cercanos a los territorios reveladores de la imaginación que se alimenta de experiencias no solo conceptuales, sino también, por decirlo así, emocionales.

Vuelvo, para terminar, a los otros alemanes, los alemanes de la lengua alemana, los alemanes que mencionaba al principio, y de todos ellos destaco a Elias Canetti, afincado en Inglaterra, ejemplo de escritor independiente, singular y profundo, de esos que no encajan en las triviales componendas de las literaturas amortajadas de cualquier tiempo o lugar, que no dejó de decir nunca lo que era fundamental que oyéramos para que la existencia no se nos convierta en un pedazo de roca sucia que nos hemos encontrado en el camino sin saber muy bien qué hacer con ella.  Y también recuerdo a  W. G. Sebald, casi inglés igualmente, el extraño, el innovador, el enviado por los cielos para recordarnos que la literatura debe ser esa clase de exigencia intransigente y radical, muy por encima de la que propician hoy día las exigencias comerciales que la degradan  hasta extremos literalmente nauseabundos.

El oficio de poeta

antonio pau - 18 de enero de 2011

Hay una misteriosa relación entre poesía y verdad. Los poetas resultan ser a la vez los seres más inocentes y los más sabios. En su ingenua contemplación de la realidad son capaces de captar eso que “al ocultarse precisamente se desvela”, de que habló Heidegger, el filósofo que hizo tanta filosofía desde los versos. “Lo que permanece lo fundan los poetas”, escribió Hölderlin, el poeta preferido del filósofo alemán. Olegario González de Cardedal, en un libro que publicó Trotta hace unos años (Cuatro poetas desde la otra ladera, 1996), hizo cuatro calas de verdad en la obra de cuatro poetas de siglos y latitudes distintas.

Poesía y verdad. Si decir la verdad es, según Gracián, un “sangrarse el coraçón”, ¿acaso decir la palabra poética no es también un “sangrarse el coraçón”?  ¿Y qué oficio es ese de exprimirse el corazón para mostrar las gotas que rezuma la sangría? Quizá sea esa la pregunta con la que se abordan las vidas de los poetas y la que mueve a escribir sus biografías.

A lo largo de la Vida de Rainer Maria Rilke. La belleza y el espanto (Trotta, 2007) se va descubriendo a un poeta que escuchaba a las cosas. Por eso necesitaba silencio. El silencio solemne de los castillos —que es más silencio que el de cualquier otro recinto habitable—, y en ese silencio, absoluta soledad. El poeta estaba deseando que sus anfitrionas se fueran y le dejaran solo. Hay un verso que es quizá el más autobiográfico de la inmensa obra de Rilke: “Me gusta tanto cómo cantan las cosas” (Die Dinge singen hör ich so gern!). Traducir es una tarea sutil. Tuve muchas dudas de si reproducir el signo de admiración que está en el original alemán. Si en español se pudiera escribir sólo uno, lo habría puesto. Dos son demasiados. Es un verso que el poeta se susurra a sí mismo.

Hölderlin. El rayo envuelto en canción (Trotta, 2008) trata de entender la tortura de un hombre que lleva impresa la imagen de la belleza más pura en un mundo que era —precisamente con él— extremadamente cruel. Tanto, que es difícil imaginar mayor crueldad. Y en esa situación, hace el esfuerzo —que Rilke vio con perspicacia— de expresar “lo sublime / sin ansia”. Se sometió lo mejor que pudo a la métrica griega, en un idioma tan lejano como el alemán, para encauzar serenamente esa lucha entre belleza y crueldad en la que él era el campo de batalla.

A Novalis (Trotta, 2010) se le quiere. Es difícil imaginar mayor delicadeza. Tuvo que morir con veintiocho años para que su rastro fuera tan delicado como él mismo. Es el más moderno de los tres. El más contemporáneo nuestro. Sus versos libres, sus versos de dos o tres palabras, tienen la hondura de un remanso de agua transparente.

¿Y esta Hilde minúscula, nerviosa, que vivió con alegría y con humor el exilio, que hizo versos de una ligereza meridional en la severa lengua alemana y que escribió bellísimos poemas españoles? Creo que todos ellos están en Hilde Domin en la poesía española (Trotta, 2010). Sentiría que hubiera quedado alguno escondido en aquellas revistas poéticas de los años cincuenta, aunque, por otro lado, sería estupendo que lo hubiera.