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Arthur Schopenhauer: filósofo viajero

luis fernando moreno claros - 13 de marzo de 2012

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) fue el padre del pesimismo filosófico;  «la vida es sufrimiento» es su aserto más celebre. Se le recuerda como el pensador malhumorado y, para quienes desconozcan su biografía, suponer que sufrió mucho sería lo más lógico. Sin embargo, Schopenhauer no tuvo una vida trágica; en nada se asemejó, por ejemplo, a un Nietzsche camino de la locura, ni a un Wittgenstein descreído y en perpetua lucha contra sus pasiones. Llevó una vida sin grandes incomodidades y lo más parecida a la de un reposado rentista amante de la costumbre.

Su única molestia casi perpetua fue la de pasarse media vida esperando la fama y el reconocimiento, que se hicieron de rogar durante más de cuarenta años. Solo durante una rauda década disfrutó del aprecio general de sus contemporáneos, que lo consideraron un gran pensador y un hombre sabio. Y si alguna «tragedia» padeció fue su carácter. Solitario y orgulloso de su saber, pedantesco e intransigente, se jactaba de despreciar al género humano. Sus ideas, de un profundo pesimismo, hallaron amplio eco en el crepúsculo del siglo XIX, y se mantuvieron vivas durante las primeras décadas del siglo XX, cuando aún reinaba por doquier un ambiente mórbido, seducido por las sombras del inconsciente y lo irracional. En épocas más luminosas Schopenhauer hubiera obtenido un eco menor.

Obviando lo anterior, en Schopenhauer también hubo mucho de positivo. Sin ir más lejos, fue un hombre de mente lúcida, curioso y cosmopolita; y uno de los filósofos alemanes más viajeros de todos los tiempos. En su adolescencia recorrió Europa y llegó a Inglaterra; en su madurez viajó en dos ocasiones a Italia. Esto ya es mucho al compararlo con otros filósofos de su época, pensadores que apenas se alejaban de sus estrechos círculos provincianos. Recordemos a Kant, encerrado en Königsberg, o a los filósofos idealistas, recluidos en sus minúsculos Estados alemanes. Sabemos, además, que en sus viajes el filósofo pesimista fue incluso feliz. A Italia fue de vacaciones después de haber terminado a los treinta años de edad, su obra capital. En «el país donde florecen los limoneros» gozó de las ruinas de la Antigüedad y demás tesoros artísticos; del paisaje de la Campagna tanto como de los arreboles multicolores de las puestas de sol en el Mediterráneo; y de algo más, tal y como comentó con picardía en su vejez: «En Italia no sólo disfruté de la belleza, sino también de las bellas».

Antes de Italia, Schopenhauer disfrutó de otros viajes memorables: los de niñez y adolescencia, viajes de placer y de aprendizaje vital. Si hay algo de lo que Schopenhauer se mostró orgulloso a lo largo de su vida fue de su educación y su formación humana. Su padre, un acaudalado comerciante de Danzig, quería que su primogénito fuera un «hombre de mundo» y que creciera libre de prejuicios; que aprendiera a ver las cosas tal como son. A ello contribuyeron en gran medida los viajes por Europa. De ahí que Schopenhauer siempre sostuviera que antes de ponerse a pensar y a frecuentar los libros de filosofía ya había leído mucho en el «libro del mundo». Dicha lectura lo habría curado —aseguraba— de la enfermedad de «tomar las palabras por cosas». Desde este punto de vista los viajes de niñez por Europa (Alemania, Holanda, Francia, Inglaterra, Suiza, Austria…) otorgaron al niño Schopenhauer carta de mundanidad, una pátina de cosmopolitismo y nada menos que los pilares de su método filosófico basado en la reflexión nacida de la experiencia directa del mundo.

Los Diarios de viaje de los años 1800, 1803 y 1804 —que ahora se publican por primera vez en castellano— reflejan las variadas experiencias del niño y el adolescente Schopenhauer en su primer contacto con el ancho mundo: visitó multitud de museos, científicos y artísticos; contempló célebres monumentos y paseó por espléndidos jardines. Respiró la atmósfera de las grandes ciudades con sus tráfagos y ajetreos: Ámsterdam, Londres, París; soportó las inclemencias del tiempo recorriendo en coche de caballos todo tipo de caminos por las más variopintas regiones; lo sobrecogió la sublime hermosura de los Alpes; subió montañas y trabó relación con gentes de todos los estamentos sociales. Fue un turista instruido cuando el turismo era un lujo y una prioridad cultural de las clases adineradas; viajó para aprender y ello le ayudó a pensar mejor, con la mente despejada, abierta y clara. Los interesantes diarios de aquellos primeros viajes no contienen textos filosóficos, pero sí testimonios de unos días plenos de experiencias vitales para Schopenhauer, sin las cuales habría sido vana  su posterior filosofía.

 

Afán de comprender

agustín serrano de haro - 24 de octubre de 2011

También a Hannah Arendt se la preguntó en diversas ocasiones a propósito de su filiación política, entendiendo por tal la consabida frontera «izquierda-derecha». Su respuesta predilecta a esta forzosa interpelación me ha parecido siempre, y aun bajo cierto aspecto displicente, de una notable perspicacia y de significativo interés: «Para los revolucionarios yo soy una conservadora; para los conservadores, una radical».

Llama la atención, desde luego, el que pensadora tan independiente se aviniera a caracterizarse a sí misma justo en la perspectiva, en las etiquetas de los demás. Pero, a mi entender, esta peculiar auto-hetero-ubicación, este desplazamiento doble y simultáneo de su filiación política respecto del patrón más aceptado, sirve bastante bien no sólo para entender la singular lucidez de numerosas tomas políticas de postura de Arendt, sino también para evocar la inspiración profunda de su pensamiento político.

No cabe dudar de la influencia que a ambos respectos hubo de tener el portentoso descubrimiento arendtiano, hecho básicamente en solitario y sobre los fenómenos mismos, de cómo el totalitarismo había entrado en la Historia del siglo XX. Es decir, de cómo se trataba, por una parte, de una novedad absoluta, imprevisible, irreductible a formas de dominación anteriores, por crueles que fueran, y, sin embargo, por otra parte, y como en inmediata paradoja, esta novedad plena había irrumpido por partida doble, bajo una doble faz: nazismo/estalinismo, que venía justamente a emparentar lo que el antiguo eje derecha-izquierda estaba obligado a separar y contraponer. A comienzos de los años cincuenta, por tanto, Arendt ya contaba con que la antigua delimitación del espectro político era poco apta para afrontar lo más amenazante y original que la realidad contemporánea había puesto terroríficamente de relieve. Pero no quiero yo subrayar sólo este aspecto, que es globalmente más conocido, aunque nunca venga mal contrarrestar el triste destino de la asombrosa categoría de totalitarismo, hoy en serio peligro de degradación a tópico inane listo para caracterizar cualquier cosa, incluida cualquier tontería. Pues la caracterización política de Arendt como una conservadora pero radical y como una radical pero no-revolucionaria puede ponerse en relación, a mi juicio, con las formas más penetrantes en que su propio pensamiento ha descrito cuál es el asunto y el alcance de la acción política. Pienso en particular en los abundantes momentos de su obra que vinculan el sentido de la vida política al cuidado del mundo y al compromiso para con el mundo, y la virtud política por excelencia al coraje de hacerse cargo de la suerte del mundo, por sobre la suerte particular de la vida individual del agente. Esta fórmula de «cuidado del mundo», sugerente y esquiva, podría quizá placer a una orientación política conservadora si no fuera porque la duración y estabilidad del espacio intersubjetivo de aparición y coexistencia (al que ella, fenomenológicamente, llama «mundo») no es traducible a un orden más o menos fijo de relaciones sociales, ni a una forma tradicional de legitimación del poder.

Más bien, la perduración del mundo como espacio de la convivencia y como trama de las instituciones, como orden del sentido, se encuentra encomendada a lo más efímero, contingente, volandero, que es la iniciativa individual y, con ella, la acción concertada y «apalabrada», la praxis. Lo cual, a primera vista, pudiera entonces placer a una orientación política liberal si no fuera ahora porque esta libertad que se comparte en la acción ciudadana permite muchas y distintas cosas, pero no el «verse libre» de la política, no el quedar a resguardo de ella en ámbitos de privacidad e individualidad asegurados por la ley; las libertades individuales tienen lugar y tienen un sentido, absolutamente precioso, en el seno de una comunidad política que las asume como bien político primordial. Lo cual, en realidad, pudiera ahora placer a orientaciones socialistas e incluso «estatistas» si no fuera porque sigue siendo la libertad compartida, y no la distribución de la riqueza ni la prosperidad, y ni siquiera la seguridad, lo que se persigue intencionadamente y se hace real en el mundo de la ciudad. Aunque sólo se experimente en común y «entre iguales», esta libertad política se conjuga y sustancia en perspectiva e iniciativa individual; quien pretende socializarla, comunalizarla, trabaja por su extinción. Lo cual, ya en definitiva, nos vuelve a devolver, por así decirlo, al círculo paradójico del conservadurismo radical y del radicalismo no revolucionario ni estatista.

Sería vano, por lo demás, buscar en estos círculos un análogo de regla áurea ante las perplejidades de la vida política pos-totalitaria, o una ecuación propicia frente a la precariedad del cuidado del mundo en la era técnica. Más bien se trataría, en todo caso, de una apasionada, de una casi filosófica invitación a la lucidez. Pues verdaderamente lo que Arendt queria era comprender —como queda reflejado en Lo que quiero es comprender (2010)—, y en la amplia medida en que ello fuera posible, actuar comprendiendo.

Una fabulación literaria

carlos taibo - 8 de julio de 2011

Fernando Pessoa murió en Lisboa en 1935, con 47 años de edad. Las fotos del poeta realizadas en el decenio de 1930 dibujan a alguien que aparentaba más años de los que tenía, inmerso en los efluvios del alcohol, consciente de que el tiempo, irreparablemente, se le iba y obsesionado con ordenar y rematar su obra.

A menudo se ha exagerado la marginalidad en la que Fernando Pessoa se movió. Dejemos las cosas en su sitio: aunque no era el perfecto desconocido, tantas veces retratado, que nada había publicado en vida, lo cierto es que la luz que la obra pessoana despide, y que hoy nos parece tan evidente, a duras penas alumbró a sus contemporáneos. En más de una ocasión afirmó el poeta, con insorteable lucidez, que en los hechos escribía para las generaciones futuras.

Dejemos paso aquí a la fabulación y supongamos —tampoco es mucho suponer— que Fernando Pessoa hubiese vivido cuarenta años más para fallecer, entonces, en 1975. Imaginemos que el poeta hubiese tenido la oportunidad de asistir al reconocimiento de su obra en Portugal —ganó alas en el decenio de 1940— y, más aún, un par de décadas después, a la eclosión planetaria de Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis. ¿Alguien acierta a imaginar a Pessoa moviéndose por los estudios de televisión, firmando ejemplares del Livro do Desassossego en unos grandes almacenes, acudiendo a universidades de todo el mundo para ser investido doctor honoris causa o, más aún, recibiendo el Nobel de literatura?

Confesemos rápidamente que aunque como ejercicio de fabulación literaria lo anterior tiene, claro, su interés, a duras penas encaja con la condición del Fernando Pessoa que se nos fue en 1935. Tímido y huidizo, a duras penas habría soportado semejantes retos —a duras penas, por decirlo mejor, se habría prestado a ellos—, tanto más cuanto que sobran las razones para concluir que ni siquiera hubiese puesto orden en sus papeles. Acaso fue la muerte lo que permitió que otros, menos exigentes y con mayor visión de futuro, le diesen forma a una obra indeleblemente marcada por la fragmentación.

Y es que nunca se subrayará de manera suficiente la condición de la principal hazaña de la vida de Fernando Pessoa: la decisión de automarginarse de unas glorias literarias que, efímeras, hubieran impedido con certeza que la obra del poeta asumiese la forma precisa que conocemos. Entregó su vida, como ha sugerido alguien, para hacer que la nuestra fuera más hermosa.

Termino. En Como si no pisase el suelo he intentado escarbar en la grandeza de un ser humano eclipsado por la rutilante condición de la obra que escribió, y al respecto he buceado en sus relaciones familiares, en su vida cotidiana, en su trabajo como traductor para casas comerciales, en los viajes que realizó, en los dos noviazgos que mantuvo con Ofélia Queirós, en la fama que alcanzó en vida y en la que intuía que le aguardaba, en las lenguas en las que se desenvolvió o en las fotografías que lo retratan. He intentado, por decirlo así, tirar de las notas a pie que incluyen en sus textos los biógrafos de Pessoa para construir un retrato cabal de alguien que en todo momento procuró, con razonable éxito, ocultarnos quién era.