Etiqueta ‘ética mundial’

Existencia cristiana

hans küng - 29 de marzo de 2012

Editorial Trotta acaba de publicar Existencia cristiana, una antología del pensamiento de Hans Küng que hace un recorrido completo por su obra, por sus principales temas y los ámbitos de su curiosidad intelectual.

Esta semana el blog de Trotta pone a disposición de sus lectores una breve selección de estos textos esenciales.

Iglesia de abajo

Iglesia de abajo no es solamente una salida a la crisis en un tiempo de creciente ceguera de la Iglesia oficial frente a la realidad y de arrogancia jerárquica; no es solamente una operación de urgencia. Iglesia de abajo no es tampoco solamente un traslado de la comprensión moderna e ilustrada de la democracia a las estructuras de la Iglesia, aunque nada de eso sea ajeno a la Iglesia. Iglesia de abajo es, más bien, algo fundado en el origen neotestamentario de la Iglesia misma, es una exigencia originariamente cristiana y, a la vez, originariamente cristiana: en tanto que la Iglesia es esencialmente pueblo de Dios, comunidad carismática, comunidad de los creyentes en Cristo, es esencialmente, con todos sus ministerios, Iglesia de abajo. La Iglesia de abajo, por tanto, no usurpa el poder, sino que insiste en sus legítimos derechos frente a los actuales detentadores del poder en la Iglesia.

Fe en Dios

La fe en Dios vive de una confianza radical últimamente fundada: con el sí a Dios yo mismo me decido confiadamente por un primer fundamento, por el soporte más profundo y por la meta última de la realidad. En la fe en Dios mi sí a la realidad resulta últimamente fundamentado y consecuente: es una confianza fundamental anclada en la más honda de las profundidades y en el fundamento de todo fundamento, y orientada hacia la meta de todas las metas. Mi confianza en Dios, en cuanto confianza fundamental, cualificada y radical, es capaz de precisar la condición de posibilidad de la problemática realidad. En este sentido, y a diferencia del ateísmo, muestra una racionalidad radical, que no puede confundirse con el simple racionalismo.

Dios después de Auschwitz

No, no fue un Dios impotente, sino el compasivo Dios del amor, de la fuerza, de la bondad y la misericordia quien dio valor a las víctimas para resistir a la crueldad. Confesar al Dios misericordioso en los campos de exterminio no significa, por tanto, considerar al mismo Dios como prisionero, como víctima, como muerto. Significa confesar a Dios como un Dios vivo para los prisioneros, para las víctimas, para los muertos. Un Dios, en definitiva, que está claramente de parte de las víctimas, y no de parte de los verdugos. Nuestra común fe, judía y cristiana, se dirige a un Dios que será Señor del futuro, que hará justicia al desvalido y que mostrará su poder en el débil y el pobre: ¡un Dios de vivos y no de muertos!

Arte y sentido

Quien aún crea en un fondo de sentido primero y último del mundo y del hombre, ese tampoco podrá, en una época de desgaste de las modas y disolución de los «ismos», creer en el caos definitivo del arte; antes bien, podrá obtener del examen más profundo del arte de nuestro tiempo una mayor orientación vital, más sentido de la vida para sí, para su actividad y también para otras personas.

Diálogo entre religiones

Este es mi ferviente deseo para el futuro: no debería haber ninguna sinagoga, iglesia o mezquita que no prestara su propia contribución a favor del mutuo entendimiento religioso. En todas las sinagogas, iglesias y mezquitas se debería no solo orar por la paz, sino también promoverla activamente y trabajar por ella. Para ello necesitamos una visión conjunta, necesitamos fantasía, coraje y un incansable y eficiente compromiso.

Hacia una ética mundial

A fin de evitar cualquier malentendido, quiero insistir en que al hablar de ética mundial no nos referimos a ninguna nueva ideología mundial, y tampoco a ninguna clase de religión mundial más allá de las religiones existentes, y menos aún al imperio de una religión sobre las demás. La ética mundial, como ya hemos explicado, se refiere a un consenso básico relativo a determinados valores vinculantes, a criterios irrenunciables y actitudes personales básicas, sin los cuales cualquier comunidad termina, tarde o temprano, amenazada por situaciones anárquicas o por nuevas dictaduras.

 

La solidaridad en la sociedad del desprecio

axel honneth - 12 de enero de 2012

Como ya sabían los clásicos de la filosofía política, la cohesión de una sociedad se nutre de la capacidad de sus ciudadanos para ponerse de acuerdo en las regulaciones básicas de la relación social. Algunos autores han denominado a esto el contrato social «implícito», subrayando de esta manera el hecho de que la estabilidad normativa de una comunidad depende del acuerdo tácito de todos sus miembros sobre la legitimidad y la conveniencia de las relaciones sociales dadas. Ahora bien, como se desprende con bastante claridad de un simple vistazo a la historia, la capacidad de ponerse de acuerdo depende, a su vez, de las expectativas que los miembros de la comunidad hayan depositado en el orden social. Estas expectativas van siempre en aumento en el proceso histórico, ya que, gracias a las luchas sociales, se institucionalizan normas y valores cada vez más exigentes, que actúan como promesas de una sociedad bien ordenada. Mientras que, por ejemplo, en la época feudal se daba por sentada la dependencia de las personas en la organización social del trabajo, constituyendo esto un componente del contrato social implícito, con los grandes avances morales de la modernidad esto se modifica, en la medida en que ahora todos los miembros de la sociedad tienen que ser concebidos, al menos idealmente, como libres.

Hoy día, en el marco de nuestras sociedades del Occidente capitalista, ha adquirido validez general la idea normativa de que la libertad individual está establecida de manera lo suficientemente amplia en todas las esferas centrales de la vida social como para constituir la premisa general de la capacidad de acuerdo sobre el orden social. El contrato social implícito, a cuyo cumplimiento está ligada la solidaridad mutua de los miembros de la sociedad, se mide en función de si la promesa de libertad individual se cumple o no en los ámbitos de la vida privada, de la organización del trabajo y de la formación de la voluntad política. Naturalmente, siempre son configuraciones diferentes de la libertad las que se prometen institucionalmente en las respectivas esferas: en el amor o en la familia, por ejemplo, el hecho de que la satisfacción recíproca de las necesidades no se realice a la fuerza; en la organización del trabajo, la libertad en los intercambios recíprocos de servicios; en la esfera política, la participación no forzada en la conformación de la voluntad política decisiva. Sin embargo, debería resultar evidente que se puede contar tanto más con el acuerdo individual sobre el orden social —y, con ello, con una cohesión solidaria de todos los miembros de la sociedad entre sí— cuanto más ciertamente se cumplan aquellas promesas de libertad para el individuo gracias a las regulaciones socio-políticas. Estas promesas también están vinculadas a la «lucha» asociada al reconocimiento, como he tratado en mi libro La sociedad del desprecio.

Pero hoy estamos muy lejos de esto, como pone de manifiesto una mera ojeada a cualquier periódico serio. La mayor parte de la población no puede esperar ni en las relaciones económicas de mercado ni en el ámbito de la conformación de la voluntad política conseguir la realización de su libertad individual, ni tan siquiera que alguien preste oídos a sus demandas. Por eso, quien hable hoy de la necesidad de solidaridad en la sociedad debería primero dejar claro que para ello sería precisa la institución de relaciones sociales que permitieran el acuerdo de los individuos sin coacción ni miedo. La contención normativa del mercado capitalista y la revitalización de la capacidad de influencia democrática serían los presupuestos mínimos que tendrían que darse para poder esperar legítimamente solidaridad de parte de todos los ciudadanos.

Sobre los deberes humanos y la ética mundial

editorial trotta - 1 de febrero de 2011

Hans Küng recibió el doctorado honoris causa en Filosofía por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), el pasado jueves 27 de enero de 2011.

Esta semana, en  el blog de Trotta se recupera el discurso de investidura que lleva por título «Ética mundial y derecho mundial»:

“[...] «De la provincia de Madrid, y de Madrid al cielo»: con este dicho en la cabeza llegué en primavera de 1957 a Madrid, recién doctorado en Teología, con el deseo de aprender el español y conocer España. Pero asimismo me proponía durante aquellos dos meses trabajar, principalmente en la Biblioteca Nacional, en mi tesis doctoral en Filosofía sobre la cristología del gran filósofo Hegel para presentarla en la Sorbona. El doctorado ès-lettres en la Sorbona se quedó en nada [...]“.

©Hans Küng. Si desea seguir leyendo pinche aquí .

Además, con motivo de la aparición de su nuevo libro Lo que yo creo, fue entrevistado por diferentes medios de comunicación. Editorial Trotta ha hecho una selección de las entrevistas más significativas:

Cadena Ser, programa Hora 25 con la periodista Ángels Barceló (27-01-2011)

Televisión Española, Canal 24H (28-01-2011)

Entrevista en el periódico El Mundo (27-01-2011)

Artículo de opinión en el periódico El País (25-01-2011)