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Nueva entrega de los Cuadernos negros de Martin Heidegger

Señalados por el propio pensador como la «coronación» de sus obras completas, los Cuadernos negros han reabierto el debate sobre la adhesión de Martin Heidegger al nacionalsocialismo y la relación entre la «historia del ser» y el antisemitismo. La segunda entrega de este diario filosófico recoge las anotaciones de un periodo muy intenso en la política mundial y alemana: comienzan en el año 1938 y acaban poco antes del inicio de la guerra, en las postrimerías del verano de 1939.

por Editorial Trotta

Martes, 27 de diciembre de 2016

 

 

 

Adelantamos a continuación algunos fragmentos de este nuevo y controvertido volumen, que se publica en enero de 2017.

 

La «barbarie» es un privilegio de los pueblos culturales.

 

Cuando en un pueblo aparecen varios cientos de «poetas» y algunos miles de «artistas», cabe suponer que de este pueblo tiene que haberse retirado la fuerza, es decir, la decisión esencial a favor de la poesía y del arte, y que esto se ha producido porque tal pueblo ha elevado a objetivo supremo de la «vida» el abandono del ser por parte de lo ente. Sin duda que entre aquellos muchos (poetas y artistas) hay algunos cuyas «obras» contienen una buena dosis de «maestría» y que han sido hechas en serio, de modo que a alguno le brindan algún consuelo y le deparan una diversión, e incluso le prestan un asidero.   

Solo que… no basta con eso. Esos no son más que vástagos de una tradición «cultural», pero no fundadores ni «iniciadores» a partir de la indigencia más primordial.


Stefan George y Rilke merecen un reconocimiento, pero no deben emplearse nunca como ayudas de interpretación de Hölderlin, porque jamás se pudieron aproximar a la misión histórica de este último ni estuvieron a su altura, y no se los puede comparar de ningún modo. 

 

 


Un dios solo es aquel y solo son aquellos que arrancan al hombre de lo «ente», que introducen por la fuerza la diferencia de ser como el espacio intermedio para ellos mismos y para el hombre; aquellos que primero tienen que haber venido, si es que un pueblo ha de lograr llegar hasta su esencia.

 

Pero un dios no es jamás «objeto» de táctica cristiana ni de medidas políticas ni de «conjuros» ebrios de «vivencias», en los cuales quizá puedan hacerse «perceptibles» tales «objetos».

 

 


 

 

La soledad de Nietzsche. El modo como se la tome y como se la juzgue es una piedra de toque para el modo y el calado de la comprensión de sus preguntas. Se propende a concebir esta soledad a partir del desmarcamiento frente a la esfera pública contemporánea, en el sentido de que Nietzsche no pudo llegar a sentirse bien en ella. Aquí también se alega la consabida incomprensión por parte de los contemporáneos, y se la aclara con un ejemplo «extremo». Pero esta soledad, aunque no sea tan primordial como la de Hölderlin —lo cual es el motivo por el que la soledad de Hölderlin se mostrara hacia fuera de forma más atenuada—, tiene una procedencia totalmente distinta. Esta soledad tiene que quedarse alejada de nosotros como un primer destello de la aproximación del pensamiento al ámbito de la diferencia de ser: que a eso se le sumara una forma externa del aislamiento personal humano, consistente en ir al margen, no es más que la consecuencia de aquella soledad primordial para el ser. Esta soledad es una forma de responder con señas a las señas que nos hace la singularidad de la diferencia de ser.

 

 

 

El animal historiográfico tiene que acabar llegando a un saldo de cuentas y a una justificación de su animalidad y de sus menesterosidades e instintos, y eso significa que tiene que acabar llegando a una compenetración entre lo historiográfico y técnico y lo animal. De este modo, el hombre cada vez se acostumbra más a plantearse sus objetivos fijándoselos en términos de poseer y de satisfacer. No poseer le parece que es una carencia. Y todo lo que exige incluso una renuncia, o que siquiera plantea la referencia a lo denegado como fondo esencial del hombre, tiene que parecerle despreciable y una negación de «la» (es decir, de su) vida. La nostalgia (incluso la nostalgia no sentimental en el sentido de averiguar lo más digno de ser cuestionado preguntando por ello) le parece que es debilidad o ceguera frente a la posesión que ya se ha logrado. El animal historiográfico no es capaz de apreciar una sencilla decisión a favor de lo rehusado como lo único que, después de todo, le parece digno de poseer: como poder. El animal historiográfico no conoce la esencia del poder porque, sometido a la metafísica, entiende el poder como un ente (como una fuerza presente), en lugar de entenderlo como aquella salvaguarda de la diferencia misma de ser que no es capaz de derribar nada porque ella misma es el margen para todo haber sido arrojado.

 No definimos al hombre como el hombre «historiográfico», sino como el animal historiográfico. El hombre historiográfico es aquel a quien la historiografía le sigue impidiendo prestar atención a la esencia de la historiografía y conceder que su fundamento esencial es el modo como la historiografía requiere de lo animal.

 

 


La primera vez que lo «católico» ganó su forma auténtica fue con el jesuitismo: he aquí el modelo occidental para toda obediencia incondicional, para la desactivación de toda voluntad propia, para la firme decisión a favor de la «organización» y el dominio de la propaganda y la autojustificación por medio de la degradación del enemigo y del aprovechamiento de todos los medios del «saber» y del poder, para el falseamiento del saber y del poder haciéndolos pasar por descubrimiento propio, para la disposición historiográfica de la historia, para la glorificación de la voluntad y la marcialidad de lo soldadesco dentro de lo católico, para la postura fundamental del estar en contra (contra-reforma). En este sentido esencial, lo «católico», en cuanto a su procedencia histórica, es romano —español—. No tiene nada de nórdico, y sobre todo no tiene nada de alemán.

 

 

Apropiarse de la «cultura» como medio de poder, y por tanto afirmarse pretextando una superioridad, es en el fondo un comportamiento judío. ¿Qué resulta de ahí para la política cultural en cuanto tal?

 

 

¿En qué reconoces al pensador? En que nunca se le ocurre refutar a otro pensador, enseñándole y repasándole con cálculos su pensamiento incorrecto, opinando que, con el tiempo, podrá sacar las cuentas de lo correcto «en sí mismo». Un pensador solo le replica al pensador, es decir, solo le responde a su incardinación, en la medida en que fundamenta una pregunta primordial por el ser y sabe que esta fundamentación nunca se la puede hacer vacilar por medio de «refutaciones», puesto que nunca se la puede alcanzar de ningún modo calculando así con cosas correctas.

 

 

El coraje para la filosofía es el saber acerca del hundimiento necesario del «ser ahí». Porque la filosofía únicamente puede resolverse en el ánimo de un coraje así, comparte con todo lo esencial (con todo lo que forma parte de la fundamentación de la verdad de la diferencia de ser) la preferencia de lo escaso. No toma partido por los «instruidos», ni por los «creyentes», ni por los calculadores, ni por el amontonamiento de quienes nunca son demasiados.

 

 

Edward Thomas Lawrence: Los siete pilares de la sabiduría. El primer libro osadísimo del gran silenciamiento. Quien aquí se limite a leer descripciones y a dejar que le cuenten «historias», descubriendo encima solo al Karl May más moderno; quien siquiera piense que esta obra trata de Arabia y de los árabes y que se está haciendo historiografía de un episodio de la guerra mundial; quien, para colmo, se ponga a indagar la «psicología» y las «vivencias» del autor no se habrá enterado de nada y no ve ni uno de los siete pilares de la sabiduría. Lo que aquí está sucediendo es la superación de las maquinaciones por parte de la diferencia de ser en un padecimiento —a sabiendas ajeno a lo que sucede— de sus atenazamientos y hechizamientos: todo eso desde el barrunto de que están cerradas otras posibilidades del ser, para las que todo futuro hombre esencial tiene que convertirse en un inquiriente que poetice y piense, que rechace toda asistencia y que destruya ya con intransigente desconfianza todas las configuraciones sustitutorias del mundo humano, las cuales se las adereza y se las maquilla tras haberlas compuesto a partir de lo anterior.

 

 

[Traducción de Alberto Ciria]

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